Así era el rostro de los denisovanos, la enigmática especie que compartió el mundo con nuestros antepasados
Así era el rostro de los denisovanos, la enigmática especie que compartió el mundo con nuestros antepasados
Un conjunto de fósiles hallados en China, identificados gracias a proteínas de hace casi 200.000 años, ha permitido la reconstrucción más detallada hasta ahora de los rasgos faciales de una población humana que se extendió por Asia y dejó su huella genética en los humanos actuales
Una frente baja e inclinada, una enorme cresta ósea sobre los ojos, unas cuencas oculares casi rectangulares, mejillas planas y un puente de la nariz moderadamente elevado. Esta vez, la ciencia ha conseguido construir el rostro más detallado y fiable de un denisovano, la enigmática ... población humana que vivió en Asia durante cientos de miles de años, se cruzó con nuestros antepasados y que desapareció sin apenas dejar huellas reconocibles en el registro fósil.
En un artículo recién publicado en 'Nature', un equipo de investigadores dirigidos por Qiaomei Fu, del Instituto de Paleontología de Vertebrados y Paleoantropología de Pekín, explica el modo en que lograron identificar como denisovanos una veintena de fósiles humanos procedentes del yacimiento de Xujiayao, en el norte de China.
Qiaomei Fu y sus colegas, de hecho, han conseguido pasar de una población conocida fundamentalmente por su ADN a otra cuya anatomía empieza a revelarse a través de sus huesos. Y lo que aparece no es exactamente un neandertal asiático, ni tampoco un Homo sapiens primitivo, sino una combinación singular de características que obliga a revisar la historia de nuestros ancestros.
Una especie descubierta gracias a un dedo
La historia de los denisovanos comenzó con un fragmento diminuto. En 2008, durante unas excavaciones en la cueva de Denisova, en los montes Altái de Siberia, los investigadores recuperaron un pequeño hueso de un dedo. Dos años después, el análisis de su ADN reveló algo inesperado: pertenecía a una niña que formaba parte de un grupo humano hasta entonces desconocido, emparentado con los neandertales, pero distinto tanto de ellos como de nuestra propia especie.
Durante años han sido como fantasmas. Humanos carentes de rostro y descritos solo por una computadora gracias a su ADN
El estudio, publicado en 'Nature' en diciembre de 2010, bautizó a aquellos humanos como denisovanos, por el nombre de la cueva donde apareció el fósil. Gracias a ese trabajo, cuyas conclusiones iniciales se confirmaron en 2012, supimos que aquella población había vivido en amplias regiones de Asia y que algunos de sus miembros se habían cruzado con los antepasados de los humanos actuales. De hecho, los investigadores calcularon que determinadas poblaciones de Oceanía conservaban entre un 4% y un 6% de ascendencia denisovana. Pero después de aquello, y durante años, los denisovanos fueron, en cierto modo, una especie fantasma: presentes en nuestros genes, pero casi invisibles en los museos.
El primer intento de retrato de un denisovano se llevó a cabo en 2019. Era el de una niña, la dueña del pequeño fragmento de dedo hallado en 2008 en una cueva de Denisova. Y aquella reconstrucción se hizo, precisamente, a partir de una novedosa técnica que sólo utilizó el ADN de aquel diminuto resto óseo.
Extraer un péptido fósil es como encontrar el logotipo del fabricante en un motor oxidado: nos dice de qué especie procede
Después, también en 2019, otra investigación identificó como denisovana una mandíbula encontrada en la cueva de Baishiya, en la meseta tibetana. El fósil tenía al menos 160.000 años y demostraba que aquellos humanos habían vivido a gran altitud mucho antes de la llegada de los humanos modernos a la región. Su identificación se consiguió mediante proteínas antiguas, porque no fue posible obtener ADN de la mandíbula que permitiera confirmar su identidad.
Y hace apenas unas semanas, otro trabajo publicado en Nature identificó nuevos restos denisovanos en el suroeste de China. El hallazgo reveló miles de herramientas, varios fósiles y el primer hueso de un brazo de la misteriosa especie. Aquello nos permitió saber cómo vivían. Y ahora, por fin, el nuevo estudio nos revela cómo eran.
Un fósil que guardaba una firma molecular
Los restos de Xujiayao fueron descubiertos entre 1976 y 1979, junto con herramientas de piedra y huesos de animales. El yacimiento, situado en la cuenca de Nihewan, en el norte de China, conserva fósiles de homininos datados entre hace unos 199.000 y 138.000 años.
El problema era que nadie conseguía ponerse de acuerdo sobre quiénes habían sido aquellos humanos. A lo largo de las décadas, los fósiles se atribuyeron a diferentes grupos, desde formas arcaicas de Homo sapiens hasta poblaciones relacionadas con los neandertales. Más recientemente, algunos de ellos llegaron incluso a servir para definir una nueva especie denominada Homo juluensis, que significa, literalmente, 'cabezas grandes'.
El cráneo denisovano es un mosaico: comparte rasgos con los neandertales, pero mantiene señas de identidad únicas como una placa trasera casi vertical
La solución no llegó de los huesos, sino de las moléculas que escondían. El equipo de Fu analizó proteínas conservadas en dos de esos fósiles y encontró una variante característica del colágeno, una proteína fundamental del tejido óseo.
¿Y por qué usar proteínas y no ADN? Porque el ADN, que es como un inmenso manual de instrucciones, es demasiado frágil. En climas cálidos y tras cientos de miles de años, sus 'páginas' se deshacen y se borran. Las proteínas, en cambio, son los 'ladrillos' biológicos construidos a partir de ese manual; son mucho más estables y pueden sobrevivir en el tiempo sin degradarse por completo. Por eso, extraer un péptido específico de un fósil es como encontrar el logotipo del fabricante incrustado en el motor de un viejo coche oxidado: te dice exactamente de qué fábrica salió.
Así, al analizar pequeños fragmentos de proteínas (péptidos) de dos de los huesos de Xujiayao, los investigadores descubrieron un cambio singular en un aminoácido concreto. Una mutación única. Al compararla con muestras humanas y neandertales, el resultado fue inequívoco: se trataba de un marcador exclusivo de los denisovanos.
Un 'Frankenstein' de la evolución
Con la identidad confirmada a nivel molecular, los investigadores pudieron por fin atribuir características físicas reales a la especie analizando las formas de los veinte fósiles. Y el resultado fue asombroso. El cráneo denisovano es una extraña quimera, un mosaico evolutivo que no encaja limpiamente en ninguna de las imágenes tradicionales de la evolución humana. La parte superior y posterior del cráneo era baja y ancha, con una bóveda ósea gruesa. El perfil recuerda en algunos aspectos al de Homo erectus, una especie humana mucho más antigua. Sin embargo, otros rasgos acercan a los denisovanos a poblaciones posteriores, incluidos los neandertales y los humanos modernos.
Entre las características más llamativas figuran una región craneal lateral muy arqueada, una poderosa cresta sobre las órbitas y una cara relativamente plana. La combinación de una frente inclinada, unas cejas óseas prominentes y unas mejillas poco proyectadas ayuda a dibujar el retrato que hasta ahora nos faltaba.
Los investigadores también identificaron particularidades en la mandíbula y los dientes. De hecho, los fósiles de Xujiayao, junto con otros atribuidos a denisovanos, presentan una depresión característica en una zona de la mandíbula inferior que resulta poco frecuente entre otros miembros del género Homo. Son pequeños detalles anatómicos que, cuando aparecen juntos, pueden funcionar como piezas de un mismo rompecabezas evolutivo.
Una población extendida por Asia
Pero la importancia del hallazgo va mucho más allá de la reconstrucción de una cara. Durante años, la escasez de fósiles había hecho muy difícil establecer hasta dónde llegaron los denisovanos, cuánto tiempo sobrevivieron y cómo se relacionaron con otros humanos arcaicos.
Hoy, con más pruebas en la mano, todo apunta a una distribución geográfica considerable. Hay restos atribuidos a ellos en Siberia, la meseta tibetana y distintas regiones de China, además de indicios en el sudeste asiático. Los análisis genéticos de poblaciones actuales también nos hablan de una historia de mestizaje que alcanzó lugares muy alejados de los yacimientos conocidos.
En otras palabras, los denisovanos no fueron una pequeña tribu confinada a un valle, sino una estirpe diversa y enormemente adaptable que dominó una vasta extensión geográfica en Asia durante cientos de miles de años, desde las nieves siberianas hasta las junglas tropicales.
Precisamente a causa de esta diversidad geográfica aparece una de las principales cautelas del nuevo estudio. Porque reconstruir los rasgos comunes de los denisovanos no significa que todos tuvieran exactamente la misma cara.
Las poblaciones, en efecto, migraban, se mezclaban y evolucionaban en ambientes diferentes, por lo que podrían existir diversidades anatómicas considerables entre unas y otras. La propia historia de los denisovanos demuestra lo fácil que resulta equivocarse cuando se intenta reconstruir una población entera a partir de unos pocos huesos.
El nuevo trabajo, en cualquier caso, cambia la situación. Y aquellos humanos antiguos ya no son únicamente una secuencia genética recuperada de un dedo meñique ni una mandíbula aislada en una cueva tibetana. Ahora empiezan a tener un perfil anatómico reconocible, aunque todavía incompleto.
El rostro recién revelado en Nature, por tanto, es solo el primero de muchos otros que vendrán. Lo importante es que el retrato robot del fantasma, al fin, ha comenzado a esbozarse.