Bolivia restaura la “Capilla Sixtina de los Andes” que mezcla murales bíblicos con símbolos indígenas
Los murales de esta iglesia emplazada en lo recóndito del altiplano boliviano recuerdan las disparatadas imágenes de El Bosco. La pintura que da la bienvenida al visitante del templo de Curahuara de Carangas es el Juicio final: en la parte inferior, un leviatán surgido de las llamas del inframundo se traga a penitentes. Encima, Cristo flanqueado por el sol y la luna, símbolos que los historiadores vinculan a los dioses precolombinos que veneraban las manos indígenas que los pintaron. Otros diseños nativos acompañan a los bíblicos a lo largo de 300 metros cuadrados de pared y bóvedas: caciques siendo bautizados, la fauna y flora de la cordillera andina. El interior, pintado de cabo a rabo, ha hecho que los académicos apoden al edificio de finales del siglo XVI como la “Capilla Sixtina de los Andes”.
La iglesia de Curahuara de Carangas se ha convertido en la principal seña de identidad de los poco más de 6.600 habitantes del pueblo homónimo, quienes buscan en el atractivo turístico un ingreso adicional para su economía basada en el ganado camélido. Por ello, los malkus - máximas autoridades de esta comunidad levantada a 4.000 metros sobre el nivel de mar y cuya temperatura anual media oscila alrededor de los 7 grados centígrados - aparecen sonrientes en la conferencia de prensa en la que la embajada de Estados Unidos anunció 66.000 dólares para restaurar el conjunto sacro.
Visto el templo desde fuera, con sus paredes de adobe y cal y un techo de paja, es difícil predecir la compleja iconografía que alberga en su interior: iconos cristianos junto a representaciones de la espiritualidad de los señoríos aimaras quienes gobernaron el altiplano antes de sucumbir al imperio incaico. “Por fuera de la iglesia, tienes la fuerza y desolación del paisaje altiplánico. Por dentro, es un regocijo de colores, formas, retablos”, describe la historiadora boliviana especializada en arte colonial andino Lucía Querejazu. Es el ejemplo más complejo y antiguo de pintura mural altiplánica, solo equiparable con la iglesia de Andahuaylillas, en Cuzco, Perú.
Las inscripciones en el edificio construido por orden de los agustinos revelan que se comenzó a construir alrededor de 1578, pero las pinturas recién habrían sido terminadas hacia 1777. El decorado de las paredes con temple al huevo cumplía la función de evangelizar a través de la imagen a los “indios infieles”. “Las imágenes ayudaban a introducir el complicado universo doctrinal a las poblaciones con otras religiones (...). Era importante esparcir conceptos como la muerte y la resurrección porque para los aimaras el culto más importante era a los ancestros, de quienes preservaban su cuerpo”, dice Querejazu, quien también es profesora de historia del arte en la Pontificia Universidad Católica del Perú y exdirectora del Museo Nacional de Arte de Bolivia.
De hecho, desde la iglesia es posible divisar el nevado Sajama, que a sus pies acoge un conjunto de chullpas, torres de adobe que funcionaban como criptas para los señoríos prehispánicos. Para revertir estas prácticas, se plasmó en los techos, paredes y columnas del templo pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, como la expulsión de Adán y Eva, el arca de Noé o la Última Cena.
Las manos indígenas que pintaban estas representaciones, sin embargo, encontraron maneras de colar la prohibida iconografía de su entorno y cosmovisión. Es, al menos, la interpretación de la pareja de historiadores del arte y arquitectos José de Mesa y Teresa Gisbert, dos de los mayores especialistas de arte virreinal andino en Bolivia y el continente, a los que se les atribuye haber “redescubierto” la iglesia de Curahuara de Carangas a mediados de la década de 1950. De acuerdo con el matrimonio, ya fallecido, el renacimiento, manierismo o barroco europeos, enseñado por maestros europeos y mestizos, fue asimilado por los nativos con sus propias características.
Así, en los lienzos que adornan las iglesias coloniales se puede ver a indios reemplazando a alguno de los Reyes Magos, vírgenes y niños Jesús con atributos originarios o a la deidad de tres cabezas Tanga Tanga transmutada en la Santísima Trinidad. En la iglesia de Curahuara de Carangas este sincretismo es visible en los quirquinchos (armadillos) y asnos pintados en el presbiterio; en el mismo lugar se puede ver una Virgen María con tocado de plumas, al estilo de las princesas incas.
El sol y la luna, máximas divinidades de los aimaras e incas, el retrato de dos caciques indígenas como donantes al pie de la crucifixión o nativos siendo bautizados por san Francisco Xavier, quien nunca pisó América, completan la corriente estética que la historiografía llamó barroco mestizo y que tuvo su auge en el siglo XVIII. “Pocas iglesias en todo el altiplano nos dan un testimonio tan claro de la cultura de los indígenas, del efecto de la cristianización y del recuerdo de los antiguos dioses”, escribe Gisbert en Iconografía y mitos indígenas en el arte.
Querejazu tiene sus dudas respecto a que la “idolatría” indígena haya sobrevivido en el decorado de los templos virreinales. Defiende que la vasta flora y fauna y los astros ya estaban presentes en el renacimiento europeo y que el dibujo de los caciques no estaba prohibido, como sí el de los reyes incas, desde 1781. Con lo que sí concuerda es en la fusión de creencias que hubo con el apóstol Santiago, pintado y esculpido sobre su caballo en el templo, relacionado por los americanos con el prehispánico dios del rayo Illapa y hoy devocionado en la ciudad y campo boliviano como tata (papá) Santiago.
En la tradición cristiana Jesús les da el apodo de boanerges (hijos del trueno, en arameo) a los apóstoles Santiago y Juan. “En la batalla de Cuzco hay un rayo que decanta la batalla. Para los españoles, es el apóstol Santiago, para la población quechua, Illapa. Ahí tienes dos interpretaciones de dos culturas de un solo fenómeno”, explica la historiadora. La apropiación de un lenguaje externo a la comunidad perdura hasta hoy, con la restauración: los locales que ayudan en la conservación propusieron para la rehabilitación del techo de paja la técnica ancestral quirqui, en la que las gavillas de paja se colocan mediante un tipo de entrezado específico para que duren más.
La renovación del techo —trabajado en la actual restauración junto con los contrafuertes y partes del acabado exterior— era fundamental porque se estaban creando filtraciones de agua que ya hicieron desaparecer la base de algunos de los murales. El fin de las obras está anunciado para los últimos días de octubre, momento en el cual los curahuareños, después de rendir culto a sus huacas (lugares sagrados) con tradiciones orales heredadas por sus ancestros, volverán a su iglesia para seguir siendo buenos cristianos.