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Wednesday, 04 November 2026
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El premio Cervantes 2026 reconoce la renovación del cuento fantástico de Cristina Fernández Cubas

El jurado elogia la obra de la autora barcelonesa por «revalorizar el relato breve» como «una forma de expresión autónoma capaz de alcanzar la máxima intensidad estética y hondura existencial»

04 nov 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Volvía hace un año Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, Barcelona, 1945) a la actualidad literaria tras casi un decenio de silencio narrativo —y dos años después de haber recibido el Premio Nacional de la Letras Españolas— con su último volumen de relatos, Lo que no se ve, para demostrar su magnífico estado de forma, su juventud creativa. Puede decirse entonces que el Ministerio de Cultura no llega tarde con la concesión a la autora catalana de un premio Cervantes 2026 —dotado con 125.000 euros— que el jurado fundamenta en «la originalidad, la excelencia y la coherencia de una obra que ha renovado el cuento contemporáneo y transformado la literatura fantástica en español». Su sólida trayectoria —añade— ha contribuido decisivamente a «revalorizar el relato breve, reivindicándolo como una forma de expresión autónoma capaz de alcanzar la máxima intensidad estética y hondura existencial». Es cierto que ha hecho incursiones puntuales en la novela —casi corta por definición, la nouvelle—, el teatro y las memorias, pero esta exploradora de lo inquietante, admiradora de Poe, Henry James, Agatha Christie, Cortázar y Emilia Pardo Bazán —a la que dedicó en el 2001 un ensayo biográfico que elogia su independencia y su audacia—, será siempre gran dama del cuento. Y lo es porque sabe mimar ese mecanismo de relojería que marca el tempo de cada pieza, la elección de la palabra justa y la eliminación de lo accesorio, de los circunloquios y los adornos innecesarios. El cuento es un desafío que encara gozosa, consciente de que es su medio natural de expresión y, suele decir, un tirano implacable, despiadado y cruel por su extremo rigor. Es así que no le importa reconocer que es el hábitat donde mejor se desenvuelve, que prefiere, que ama. Un hábitat de atmósferas contaminadas que comenzó a frecuentar incluso antes de poder leer: fue su hermano el que la inició al narrarle las tenebrosas historias de Poe.

Fernández Cubas trabaja al margen de los vientos del mercado editorial y ha trazado una carrera —emulando a su querida condesa gallega autora de Los pazos de Ulloa— en que ha fraguado «una voz inconfundible» y mostrado «una libertad creadora que ha ampliado las posibilidades expresivas» de la literatura castellana para erigirse como una de sus figuras más importantes, reseña el fallo.

El jurado —presidido por el escritor mexicano Gonzalo Celorio— ensalzó su personal estilo sostenido en «una precisión narrativa impecable, el dominio absoluto del punto de vista y la administración de los silencios», con el que traza unas seductoras historias que se convierten en «experiencias perdurables que interpelan directamente al lector y desestabilizan sus certezas al descubrir lo inquietante en lo cotidiano y cuestionar los límites de la realidad, la identidad y el conocimiento».

Y es que Cristina Fernández Cubas navega las turbulentas y turbias aguas del terror y lo misterioso que, sin embargo, se hallan en los mares de lo real y hasta de lo corriente, lo ordinario; no precisa acudir a los excesos monstruosos de H. P. Lovecraft, aunque coquetee con lo sobrenatural en ocasiones.

«Lejos de ofrecer explicaciones tranquilizadoras —razona el fallo, que leyó este martes el ministro Ernest Urtasun, incidiendo en esa incomodidad que suscita al lector la buena literatura—, sus relatos preservan la ambigüedad y hacen de la imaginación una herramienta de exploración de la experiencia humana». Asimismo, ahonda el jurado, la independencia, la irreverencia y el inconformismo de la escritura de Fernández Cubas, «siempre compleja y exigente, se manifiestan en personajes que desafían las convenciones y los valores establecidos, abriendo caminos a nuevas generaciones de narradores y manteniendo un diálogo constante con las obras latinoamericanas de la literatura de la extrañeza».

La realidad engañosa, la ilusión, los sueños, las sombras, lo invisible, el claroscuro, lo siniestro conforman el terreno fértil que cultiva su pluma, que con frecuencia acude a la inocencia de los niños —niñas— para establecer la voz narradora, ya que la mirada limpia de la infancia le ofrece innumerables posibilidades de enriquecer la óptica del relato, alejándola de la rutina y la soberbia del adulto. En ese sentido, no acostumbra a encajar bien la etiqueta del género fantástico porque —aduce— todo se fundamenta en su literatura en la mirada, ya sea torcida, deformante o demasiado lúcida.

No solo por su admiración a Agatha Christie y a Roald Dahl, se ha manifestado rotundamente en contra de la ola de censura de lo políticamente correcto que ha llevado a editoriales de todo el mundo a corregir o dulcificar sus obras, no solo las que están destinadas a público infantil en el caso del autor de Charlie y la fábrica de chocolate.

Como los verdaderos clásicos

Estableció Fernández Cubas ciertos vínculos con la generación de la Gauche Divine barcelonesa —ella estaba entre los llamados underground, le gusta matizar— a través de su esposo, Carlos Trías Sagnier, quien, por cierto, envió a sus espaldas el manuscrito de su primer libro de cuentos, Mi hermana Elba (1980), a una miembro ilustre de aquella despreocupada pandilla, Beatriz de Moura, fundadora del sello Tusquets, que desde entonces —y ya van 46 años— se convirtió en el hospitalario hogar de su obra. Lo recordaba este martes Juan Cerezo, director editorial de la compañía —que con Fernández Cubas repite el éxito con un autor de su catálogo alcanzado en el 2025 con Celorio—: «Libro a libro, tantísimos críticos, lectores, profesores y estudiosos la han reconocido como la mejor escritora de cuentos en lengua española del momento, por su rigor, por su finura, por su manera de tratar las situaciones con misterio y los miedos que nos despiertan según qué cuestiones de la realidad. Sus libros son un pozo de sabiduría y del arte de contar, como los verdaderos clásicos». Además, recordó Cerezo, «Fernández Cubas ha servido de puente entre el tiempo de Carmen Martín Gaite, de las escritoras veteranas de los años 60 y 70, y las jóvenes autoras de hoy, que la leen con admiración y reconocen su influencia».

Cinco libros para sintetizar un universo literario

«Mi hermana Elba» (Tusquets, 1980)

Debut. Cuatro cuentos integran un sólido debut en la colección Cuadernos Ínfimos de Tusquets. Infancia, crueldad, elementos fantásticos...

«El columpio» (Tusquets, 1995)

Novela corta. Recuperada en el 2024 por el sello Firmamento, la «nouvelle» plantea un viaje inquietante hacia los silencios familiares.

«Cosas que ya no existen» (Lumen, 2001)

Memorias. Extraordinario ejercicio de memoria que incluye viajes pero también emociones íntimas y dolorosas.

«La habitación de Nona» (Tusquets, 2015)

La cima. Premio Nacional de Narrativa, este libro de cuentos encierra la quintaesencia de la autora y es su obra más emblemática.

«Lo que no se ve» (Tusquets, 2025)

Última obra. La octogenaria narradora demuestra estar en plena forma manejándose con gran soltura en esa extrañeza de lo real tan suya.

Originally reported by La Voz de Galicia.