Fea, malquerida y polémica: el fiasco inmobiliario de la torre más alta de París
La llaman la torre malquerida. Tiene las mejores vistas de París porque con sus 209 metros es la torre más alta, pero también, dicen los parisinos, porque desde lo alto del rascacielos no se ve su propia fealdad en el horizonte. La Torre Montparnasse, que a pesar de su impopularidad es uno de los edificios más característicos de París, se encuentra desde hace meses en un limbo inmobiliario, pues el ambicioso proyecto para renovarla, que empezó a perfilarse hace una década y cuyas obras iniciales tendrían que haber comenzado este otoño, ha sido rechazado por la mayoría de sus propietarios por su elevado coste: 800 millones de euros.
La Torre Montparnasse se empezó a construir en 1969 y se inauguró en 1973. Formaba parte de una operación urbanística más amplia, que incluía un centro comercial y otros dos edificios de oficinas. Hasta entonces no había rascacielos en la capital y se convertía así en el segundo punto más alto del horizonte parisino tras la torre Eiffel (276 metros, considerada monumento). El rechazo popular al moderno edificio fue tal que el Consejo de París votó años más tarde una ley para prohibir construcciones dentro de la capital de más de 37 metros de altura.
Ubicado junto a la estación de Montparnasse, la cuarta con más tráfico en París (61 millones de viajeros al año), en este medio siglo el rascacielos no se había renovado. En 2005 se detectó la presencia de amianto y empezó a cobrar fuerza la idea de aprovechar las obras de retirada del mismo para darle una nueva imagen a la torre.
El proyecto de renovación se empezó a perfilar en 2017, a cargo de los arquitectos del colectivo Nouvelle AOM. La idea era darle un nuevo horizonte a París y transformar esta torre de hormigón y vidrio oscuro en un edificio con fachadas de cristal, más luminoso, y con un menor consumo energético. El proyecto incluía, además de oficinas, un hotel con centenares de habitaciones, repartidas en varios de los pisos, comercios y una zona ajardinada en la cima, para que el público siguiera disfrutando en la cubierta de sus vistas excepcionales. La Torre Montparnasse iba a ganar una decena de metros de altura.
Sus 59 pisos, 120.000 metros cuadrados, se vaciaron de inquilinos el pasado mes de marzo para que los primeros trabajos de la retirada de amianto y desmontaje parcial de la fachada comenzaran este otoño. Estaba previsto que las obras finalizasen en 2030. Este verano algunos de los copropietarios mostraron su rechazo al proyecto por el elevado coste y lo condicionaron a buscar financiación. A finales de septiembre el 76% de los copropietarios rechazó el proyecto durante una asamblea general, que era la última baza para desatascar la situación e iniciar las obras, tras meses de desacuerdos. El futuro de la torre ha quedado en el limbo, pues el permiso de construcción expira a finales de noviembre.
300 dueños
La gestión de la propiedad ha sido siempre compleja. Un monopoly de altura donde empresarios e inversores compran lotes por pisos. Llegó a tener 300 propietarios, pero los de mayor peso comenzaron a adquirir su parte a los más pequeños. El mayoritario, con un 30%, es LFPI (financiera patrimonial de inversión), que ya mostró en julio su rechazo al proyecto. Otros de los más importantes son los empresarios Xavier Niel y Frédéric Lemos, y las aseguradoras Axa y Mgen, con un 10%.
El alcalde de París, Emmanuel Grégoire, ha tenido que llamar al orden a las partes, pues, aunque el proyecto de renovación del rascacielos es privado, hay un interés público en la revitalización del espacio urbano en la zona. El ambicioso proyecto de renovación, que ha movilizado en estos 10 años a cuatro prestigiosos despachos de arquitectos, queda ahora olvidado: ni fachada luminosa, ni hotel ni jardín en la cubierta. La torre sigue vacía de inquilinos y ahora se habla de su “rehabilitación”. Se impone una solución más modesta y menos costosa que se limite a retirar el amianto y devolverle algún sentido a un edificio que, a pesar de su impopularidad, ha encontrado su lugar en el paisaje urbano parisino.
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