Las operadoras de todo el mundo miran al cielo con miedo y la culpa es de Musk
Quién sabe si en los altos despachos de Telefónica, MasOrange, Vodafone o cualquier otra teleco europea o estadounidense están mirando al cielo con la misma desconfianza que mira alguien que tiene un plan de piscina cerrado desde hace semanas y anuncian riesgo de lluvia, aunque haga un sol de justicia en ese momento.
Pues bien, el motivo para que lo hagan tiene nombre y apellidos. Concretamente, el de Elon Musk, el hombre más rico de la Tierra. Y es que SpaceX ha dado un paso en firme para que Starlink pueda convertirse en una operadora de telefonía móvil más y acabe siendo un nuevo rival. Un rival en un campo de juego, el de las telecomunicaciones, donde los márgenes de negocio llevan años achatándose, a pesar de que la banda ancha, tanto fija como móvil, no deja de crecer.
En agosto, Gwynne Shotwell, presidenta de la compañía, se dio cita por primera vez con los inversores tras su meteórica salida a bolsa. En aquella cita detalló los planes para entrar en ese mercado, mostrándose muy confiada en su capacidad para competir con los grandes nombres de este sector en Estados Unidos. “Anticipo que podremos captar a bastantes clientes porque creo que nuestro servicio será mejor”, llegó a afirmar.
Hay motivos para tomarse en serio esa ambición. Ya no es una división secundaria dentro de SpaceX. El negocio de internet por satélite aportó más del 60% de los 18.600 millones de dólares que ingresó la compañía el año pasado y fue su única división rentable. Convertir esa red en una operadora móvil de pleno derecho no sólo abriría un mercado gigantesco, sino que permitiría a Musk seguir exprimiendo el negocio que hoy sostiene buena parte de sus metas espaciales.
Esta hoja de ruta alcanzó una nueva cima el pasado jueves. Fue ese día cuando SpaceX anunció un acuerdo para adquirir una cartera de licencias de espectro de banda baja en los 800 MHz, con un ancho de hasta 14 MHz. Hasta ahora estaban en manos de un fondo de inversión y quedaron liberadas recientemente. De esta manera, sumaría una pieza clave para que los satélites de Starlink puedan ampliar sus servicios de conexión directa a los móviles y acercarse al modelo con el que funcionan las operadoras convencionales.
Estas frecuencias tienen una ventaja frente a otras más altas, ya que permiten cubrir una mayor superficie terrestre. Ofrecen mejores condiciones para que la señal llegue al interior de los edificios, uno de los grandes escollos para la señal vía satélite. La operación todavía está pendiente de que la FCC (la agencia que regula las comunicaciones en EEUU) dé su visto bueno.
Este organismo ya dio en mayo su bendición a la compra por 17.000 millones de espectro de banda media a Echostar, una compañía estadounidense de telecomunicaciones que había atesorado un buen número de licencias con el fin de competir con los grandes del sector. Pero recientemente aflojó esas aspiraciones. Se trata de un ‘material’ distinto al que se comprará a Grain Management. Las de EchoStar, situadas en torno a los 2 GHz, aportan capacidad para transmitir datos. Ambas operaciones persiguen un mismo objetivo: ganar presencia en diferentes partes del espectro radioeléctrico para que Starlink pueda ofrecer un servicio móvil más completo y parecido al que conocemos, sin depender de redes de terceros, o al menos que esa dependencia sea menor.
La reacción de los mercados no se hizo esperar. Tras el anuncio del pasado jueves, según cálculos realizados por el Financial Times, llegaron a borrarse unos 62.000 millones de dólares de capitalización bursátil si se suman los retrocesos de la cotización de AT&T, Verizon y T-Mobile. A este lado del Atlántico, los efectos también se dejaron notar. Deutsche Telekom llegó a caer un 8% y Telefónica, casi un 5%.
El factor Starship
Pero ya se sabe que los mercados muchas veces viven más en el futuro que en el presente. La compra no significa ni mucho menos que Musk esté cerca de tener todo lo necesario para competir de la mano de Starlink Mobile en este terreno. El magnate tiene una base importante. Una constelación de miles de satélites y, a su vez, el músculo para ampliarla lanzando cohetes cargados de nuevos eslabones para su plataforma.
Aquí entra en juego Starship, el gigantesco lanzador con el que SpaceX pretende desplegar los nuevos Starlink V3, una nueva generación destinada a multiplicar la capacidad de la red. Cada uno podrá gestionar hasta un terabit por segundo de descarga, unas 2.800 veces la velocidad mediana de una conexión fija doméstica en España.
Eso no es sinónimo de que un usuario vaya a navegar a esa velocidad. El satélite podrá repartir mucha más capacidad entre los clientes conectados. SpaceX calcula que cada lanzamiento de Starship podrá añadir unos 60 terabits por segundo a la red, más de veinte veces la capacidad adicional que aporta a la red un lanzamiento de Falcon 9.
El potencial, sin embargo, todavía está por demostrar. En su último vuelo, el 28 de septiembre, Starship alcanzó por primera vez la órbita y desplegó 26 satélites de última generación, pero la nave acabó envuelta en una bola de fuego al volcar e incendiarse tras amerizar en el Pacífico. La prueba supuso un avance para el programa, aunque también recordó que la multinacional aún tiene que demostrar que puede operar su gigantesco cohete con regularidad y reutilizarlo una y otra vez.
Hay otro límite menos visible que el puramente técnico. Los satélites en órbita terrestre baja recorren el planeta a gran velocidad y pasan buena parte de su tiempo sobre océanos y territorios poco poblados, donde la demanda es menor. Aumentar el número de unidades permite ampliar la capacidad de la red, pero también exige rentabilizar una infraestructura que no siempre estará sobre los lugares donde se concentra el tráfico. El reto no consiste únicamente en poner más satélites en órbita, sino en conseguir que esa capacidad adicional tenga sentido desde el punto de vista económico.
Un ojo en tierra firme
Pero la constelación, los cohetes para poner más satélites en liza y las frecuencias no equivalen a disponer de una red móvil capaz de competir en cobertura, velocidad, latencia y capacidad. Aquí es donde se deja de mirar al cielo y se empieza a mirar a tierra firme. Shotwell, en su cita con los analistas de hace semanas, dijo que la compañía pretendía desarrollar su propia infraestructura terrestre, con antenas, equipos y conexiones.
Es algo clave para las ambiciones de la empresa. La señal que llega desde un satélite tiene dificultades para atravesar ciertos obstáculos, desde las paredes de los edificios hasta las estructuras de hormigón y acero de un aparcamiento subterráneo. En interiores sin vista al cielo, túneles o estaciones de metro, la conexión directa con el satélite puede resultar imposible o poco fiable. Las redes terrestres, con antenas repartidas por las ciudades y equipos instalados en edificios y otros emplazamientos, siguen siendo fundamentales para garantizar una cobertura estable allí donde se concentra buena parte del tráfico móvil. Starlink puede ayudar a llevar señal a lugares donde no llega la cobertura terrestre, como un monte de Ávila. Pero eso no significa que pueda prescindir de ellas en los entornos urbanos.
La cuestión es que estos pilares de las telecomunicaciones son una inversión mayúscula, tanto en el despliegue inicial como en el mantenimiento y la actualización.
Las telecos de medio mundo llevan años intentando crear un peaje para que los grandes de internet, que levantan sus enormes negocios sobre sus redes, pasen por caja. El debate se vive con especial intensidad a este lado del Atlántico, donde los operadores enfrentan un escenario mucho más competitivo. Mientras que en China o Estados Unidos se reparten la mayor parte del mercado entre 3 o 4 jugadores, en Europa se ha configurado un escenario hipercompetitivo donde en cada estado miembro hay 4 grandes jugadores. Eso ha facilitado que los usuarios puedan acceder a tarifas más asequibles, pero ha mermado la escala de ingresos de estas compañías, que aseguran estar en desventaja a la hora de afrontar inversiones como el despliegue del 5G o del 6G. En este sentido, la hipotética entrada de un actor nuevo, como puede ser Starlink Mobile, no deja de ser una amenaza para unos márgenes cada vez más apretados.
Aunque Musk puede movilizar la financiación necesaria para montar desde cero su red, ya ha dejado la puerta abierta a comprar una operadora. Otra opción sería llegar a acuerdos con compañías que dispongan de la infraestructura desplegada sobre el terreno.
La paradoja es que algunas de las empresas a las que Musk aspira a plantar cara podrían ser también las que le ayuden a conseguirlo. Hasta ahora, las operadoras han recurrido a Starlink para cubrir zonas remotas donde desplegar una red terrestre resulta demasiado caro y para mantener las comunicaciones cuando falla la infraestructura convencional. La cuestión es cuánto tardará ese proveedor en convertirse en un rival y qué parte del negocio estará dispuesto a poner en juego cada uno. Porque la amenaza no consiste solo en que SpaceX pueda arrebatarles clientes, sino en que las telecos terminen dependiendo de una infraestructura que pertenece a la misma compañía que aspira a competir con ellas.
El matiz europeo
En Europa, la amenaza tiene sus propios matices. La compra de frecuencias que acaba de anunciar SpaceX se circunscribe a Estados Unidos y no significa que Musk pueda replicar automáticamente la operación a este lado del Atlántico.
El espectro radioeléctrico está sujeto a un marco regulatorio distinto y la compañía tendría que resolver cómo desplegar sus servicios en cada mercado. Pero eso no significa que Starlink sea una tecnología ajena a las empresas europeas del sector. En España, de hecho, ya ha empezado a trabajar con ellas.
El pasado febrero, MasOrange firmó una colaboración con Starlink para probar su tecnología de conexión directa entre satélites y móviles en la provincia de Valladolid. La colaboración dejó de ser una prueba técnica durante los incendios forestales del pasado verano, que afectaron a zonas de Madrid, Ávila y Toledo y dañaron infraestructuras de telecomunicaciones. En menos de 48 horas, tras recibir una autorización excepcional del Gobierno, MasOrange y Starlink activaron un servicio que permitió a los móviles compatibles conectarse directamente a los satélites cuando las antenas terrestres habían dejado de funcionar. La solución también se extendió a los clientes de Movistar y permitió mantener comunicaciones básicas, como el envío y la recepción de SMS, además de un uso limitado de datos.
El episodio ilustra tanto el potencial de esta tecnología como la relación que mantiene hoy con las operadoras. El satélite puede actuar como una red de respaldo cuando falla la infraestructura terrestre o llevar cobertura a lugares donde desplegar antenas resulta demasiado caro. Pero esa colaboración también encierra una paradoja para las telecos. La misma compañía a la que recurren para mantener conectados a sus clientes podría aspirar a ofrecerles en el futuro un servicio móvil propio y competir directamente por ellos.
Esa dependencia tiene otra lectura que va más allá. Starlink ya ha demostrado en Ucrania hasta qué punto una red privada de comunicaciones puede convertirse en arma de guerra. Pero por muy útil que llegase a ser, estaba a merced de las decisiones o caprichos de su propietario. Es diferente el caso, pero la cuestión de fondo también afecta a las telecos. Si una parte cada vez más importante de las comunicaciones depende de una red controlada por una sola compañía, quien la gestiona gana capacidad de decisión sobre un servicio del que otros pueden acabar sin poder prescindir.
Quién sabe si en los altos despachos de Telefónica, MasOrange, Vodafone o cualquier otra teleco europea o estadounidense están mirando al cielo con la misma desconfianza que mira alguien que tiene un plan de piscina cerrado desde hace semanas y anuncian riesgo de lluvia, aunque haga un sol de justicia en ese momento.