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Sunday, 01 November 2026
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MADRID / El ángel del Señor anunció a Martina - Scherzo

MADRID / El ángel del Señor anunció a Martina

Madrid. Auditorio Nacional. 30.X.2026. Fundación Scherzo. Martina Meola, piano. Obras de Chopin y Liszt.

En los distintos ciclos de Scherzo, a lo largo de los años, han tocado ya pianistas extremadamente jóvenes. No recuerdo alguien tan joven como la milanesa Martina Meola, nacida a finales de noviembre de 2012, y que por lo tanto no ha cumplido aún los catorce. Pese a lo cual, ha desarrollado ya una trayectoria asombrosa. Es inevitable que, ante el anuncio de una intérprete de esa edad, y pese a los méritos, acudas con una mezcla de expectativa feliz e indulgencia no del todo consciente. Asombra que alguien tan joven proponga ese repertorio, un programa cuya primera parte, solo Chopin, concluye nada menos que con el Andante spianato y Gran Polonesa brillante op. 22. Más aún, sorprende que en la segunda parte proponga Martina Meola dos piezas de los Años de peregrinación, primero el Soneto 123 de Petrarca, para concluir nada menos que con la Sonata Dante.

Sitúense, sentados en alguna butaca de la sala de cámara. Martina pronuncia unas palabras de solidaridad que no percibimos, no hay megafonía, solo una voz dulce de timbre en absoluto infantil. No, no nos ha ganado por eso. No nos ha ganado todavía. Nos ganará, se nos meterá en el bolsillo —lo adelanto, como narrador impaciente o puede que astuto. Comienza de manera muy correcta con el primero de los Valses op. 34 de Chopin. Buen comienzo, pero nada extraordinario, me dirá usted, desde esa butaca. Pero las cosas empiezan a cambiar muy pronto, para usted en su butaca y para mí en el rincón de los abuelos asombrados. Porque las dos mazurkas que vienen a continuación ya indican un poderío métrico (danzante) y un virtuosismo de ágiles manos extendidas. Los números más destacados de la primera parte, la de Chopin, son la Balada op. 23, el Scherzo op. 31 y el ya citado op. 22. Pues bien, desde este rincón, ya vemos que Martina Meola canta, hace cantar al instrumento, cantan sus dedos asombrosamente extendidos: es la Balada, que la pianista consiguió ligar a la segunda Mazurca en un intento de lograr continuidad sin interrupción por un exceso de aplausos entre pieza y pieza. No se respetó lo que hubiera sido la lógica de la secuencia.

Y vemos su capacidad de contraste entre tempi con el Scherzo, que requiere auténticos saltos mortales. En medio, un hermoso Nocturno (op. 9, n.º 1, el primero catalogado del compositor), no demasiado soñador, para qué, pero sí lo bastante cantabile (uno) y sugerente (dos): ¿acaso no es un nocturno de Chopin el apoyo mutuo de algo parecido al enigma con algo plenamente belcantista? Para concluir en la brillantez del op. 22, brillantez reclamada por el título, obra bellísima para una patria sofocada (la empieza a componer Chopin en 1830, año de la rebelión reprimida en sangre por el sanguinario zar Nicolás I; año de su salida en gira… de la que nunca volverá). La primera parte nos deja en suspenso. Bien, bien, insuperable muestra de canto, virtuosismo, métrica, musicalidad… y técnica. Pero qué es la técnica sino el dominio de los utensilios, lo que convierte a una persona en centauro, mitad humano, mitad gran teclado con mazos y maderas de sonido…

Y ahí esperábamos a Martina con Liszt, ya sin condescendencia, ahora con algo parecido a la solidaridad (con la pianista) frente a páginas que reclaman… sí, reclaman madurez. Antes de la heroicidad de la Sonata Dante nos ofrecía Martina una introducción muy adecuada, El Soneto de Petrarca número 123, una pieza que en sus (más o menos) seis minutos no quiere crecer demasiado, no quiere perorar, matizada siempre por indicaciones de tempo que obligan a lo despacioso, a lo reflexivo: lento placido, dolcissimo, cantando, ralentando, agitato, crescendo molto, canto espressivo e accentato, dolcissimo armonioso, hasta un perdendo en que todo se diluye. Uno diría, desde este rincón ya nada condescendiente, que todo está preparado para Dante. Pero no, por favor, quién teme a Dante. ¿Y a Liszt, hay que temer a Liszt? El soberbio divo del teclado que levantaba pasiones por donde giraba trabajosamente (ah, eran otros tiempos) preparó esta lectura de Dante como quien parte de la expectativa, no del sosiego, sino de la espera tensa. El presto agitato assai espera a la vuelta de unos cuantos compases, y ahí llega la carrera, que no parece sino expresión del estupor que invita a la huida y te condena a ver el interior del lugar sin esperanza; pero hay mucha reflexión entre esas notas que pasan de violentas y agitadas al regreso del andante primero que tensaba, pero no ahogaba aún. En cualquier caso, la Sonata Dante no es un relato de terror, sino el viaje hacia la profunda introspección. Y te preguntas, ahí en tu rincón: de dónde saca Martina Meola esa madurez en la que el toque del teclado coincide con el matiz de lo que te suspende… No lo sé, como no lo sabe usted en ese otro asiento de la sala llena ahora de entusiasmos que esperaban acaso mucho, pero no tanto. No tanto, Martina. No tanto desde un bonito Vals de Chopin a una de las páginas trascendentes de Liszt. Se nota que la pianista no teme a Liszt, pero no se lo toma a la ligera solo por lo espléndido de su técnica. No lo teme, pero lo respeta. Y así, nosotros respetamos a ambos, desde nuestro rincón o desde nuestra tribuna. Dante y Martina nos han vencido. En el mejor sentido de la palabra: vencido, convencido, estremecido…

Y para concluir, caramba, ¡qué dos bises! El Allegro de concierto de Granados, todo un detalle, todo un tributo al país al que Martina llega, donde toca, sorprende y conquista. Página virtuosa, página difícil, y también espectacular y festiva, como propia de una despedida en la que la solista está contenta porque lo ha logrado una vez más (y no lo sabíamos).

Y por fin, los Espíritus benditos de Orfeo y Eurídice, de Gluck, en la delicada, exquisita transcripción de Giovanni Sgambati. Era una despedida con guiño de tristeza, de luto y de homenaje. Porque este concierto, como los dos anteriores reseñados aquí (Sinfónica de Londres, Ibermúsica), comenzó con un minuto de silencio. Pues nunca serán bastantes nuestros silencios, ahora que parece que todo ha cambiado en nuestras sensibilidades por esas muertes que atormentan cualquier instante y, desde luego, el instante de un hermoso concierto. En el que Martina Meola, con sus pocos años y su mucha sabiduría, brilló como uno de esos espíritus bienaventurados, pero que están presentes aquí, en la tierra, en la sala de cámara, que por Meola se convirtió en la sala de los asombros.

Santiago Martín Bermúdez

Originally reported by Scherzo.