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Friday, 30 October 2026
Health

Tres estudios plantean que, aunque los hombres viven menos que las mujeres, su salud recibe poca atención en las políticas sanitarias

Tres estudios plantean que, aunque los hombres viven menos que las mujeres, su salud recibe poca atención en las políticas sanitarias

En general, la esperanza de vida de los hombres es menor que la de las mujeres y pierden un 16 % de años de vida saludable por enfermedad o discapacidad. Una serie de tres artículos publicada en The Lancet señala que estas diferencias no se explican únicamente por factores biológicos, sino también por las condiciones sociales, económicas y otros factores estructurales. Pese a ello, los artículos denuncian que la salud de los hombres sigue recibiendo escasa atención en las políticas sanitarias. Los autores advierten que esta falta de atención deja espacio a intereses comerciales y movimientos como la 'manosfera' para influir en el discurso sobre la salud masculina. Por ello, reclaman integrarla en las políticas públicas, sin plantearla como una cuestión que compita con la salud femenina o en los esfuerzos por reducir las desigualdades de género.

Esta serie de artículos publicada en The Lancet analiza, por una parte, los patrones globales de morbilidad y mortalidad en los hombres y, por otra, el grado de atención que las políticas sanitarias han prestado a su salud. Los autores concluyen que los hombres presentan patrones específicos de enfermedad y mortalidad, en los que la intersección de distintos ejes de desigualdad configura grupos especialmente vulnerables, y que, sin embargo, estas cuestiones han recibido escasa atención en el ámbito político.

Esta premisa resulta, no obstante, discutible. Más que haber sido invisibilizadas, las cuestiones relacionadas con la salud de los hombres han ocupado tradicionalmente un lugar central en la agenda científica y sanitaria, precisamente, porque el modelo masculino se ha considerado la norma universal en el ámbito de la salud. Sin embargo, esto abre una posibilidad poco explorada hasta la fecha en los estudios de género y es que el enfoque de género en la investigación y en el desarrollo de políticas sanitarias también puede beneficiar a los hombres.

Así, la incorporación de la perspectiva de género en la investigación beneficia tanto a hombres como a mujeres, al permitir identificar aquellos factores derivados de la construcción social del género que se asocian a peores resultados en salud. En el caso de los hombres, este enfoque favorecería el desarrollo de políticas orientadas a aspectos como los determinantes comerciales de la salud, esto es, aquellos sistemas a través de los cuales los intereses comerciales generan un impacto en la salud de las personas y en la equidad sanitaria o la influencia de la 'manosfera', aspectos especialmente relevantes para la salud de los hombres.

Que una revista del prestigio de The Lancet dedique una serie a la salud de los hombres me parece, sin duda, una buena noticia, porque contribuye a dar visibilidad a una cuestión que merece mayor atención en el ámbito de la salud pública. Sin embargo, no podemos decir que se trate de un tema novedoso, ya que desde hace décadas contamos con investigaciones que muestran cómo las normas de género y los modelos de masculinidad influyen en la salud de los hombres. Pero no es menos cierto que esta serie representa una oportunidad para situar el debate en un lugar más destacado de la agenda científica y en las políticas de salud. Así que, en general, diría que una de sus principales aportaciones es que reúne evidencias y perspectivas complementarias que permiten comprender mejor las desigualdades en salud, prestando atención no solo a las diferencias entre hombres y mujeres, sino también a las condiciones sociales, económicas y culturales que contribuyen a explicarlas. En este sentido, estamos ante trabajos bien fundamentados, que combinan el análisis de datos epidemiológicos procedentes de fuentes consolidadas con una amplia revisión de la evidencia científica disponible.

Precisamente, uno de los aspectos que me parece más reseñable de esta serie es que pone de manifiesto la necesidad de ir más allá de las diferencias de salud que observamos entre hombres y mujeres. Algunas de las medidas epidemiológicas utilizadas, como la esperanza de vida o los años de vida ajustados por discapacidad, nos proporcionan información valiosa sobre la magnitud de ciertas diferencias y desigualdades en salud, pero, por sí solas, estas medidas no nos permiten comprender qué hay detrás de ellas. De ahí que quienes nos dedicamos a estos temas insistamos en la idea de que desagregar los datos por sexo es, por supuesto, un primer paso necesario, pero no equivale a incorporar una perspectiva de género. Tampoco debemos olvidar, y creo que esta es otra de las aportaciones más reseñables de la serie, que también se dan desigualdades importantes entre los propios hombres, que pueden quedar ocultas detrás de los promedios poblacionales.

Por ejemplo, sabíamos que los rasgos hegemónicos de masculinidad, definidos por actitudes e ideales relacionados con la fortaleza, el control y la resistencia a mostrar vulnerabilidad, como ocurre con la represión emocional, pueden fomentar la adopción de comportamientos de riesgo que afectan negativamente la salud de los hombres. En la serie se incide en problemas como la salud cardiovascular, los suicidios, las lesiones o las consecuencias de la violencia; sin olvidar un menor compromiso con las prácticas preventivas y de autocuidado, así como la adopción de estilos de vida poco saludables, como el sedentarismo y el consumo excesivo de determinadas sustancias, como el alcohol. Estos patrones se asocian con tasas más altas de mortalidad prematura en hombres. Es decir, que tenemos evidencias sólidas de que una gran parte de las muertes prematuras en hombres se deben a enfermedades no transmisibles y lesiones. En este sentido, los artículos nos recuerdan que, aunque hay elementos biológicos que, por supuesto, no podemos obviar, una parte importante del mayor riesgo de muerte prematura en los hombres se debe a factores de orden social, sobre los que existe margen para intervenir.

Estudios previos ya habían mostrado cómo determinados ideales de masculinidad se asocian, por ejemplo, con la reticencia de los hombres a expresar sus preocupaciones de salud; en parte, por la internalización de expectativas sociales que asocian la masculinidad con la autosuficiencia y la fortaleza. De manera que reconocer un problema de salud puede llegar a percibirse como una señal de debilidad, lo cual entra en conflicto con las normas de la masculinidad hegemónica. Esta necesidad de proyectar invulnerabilidad no solo afecta su autoimagen y la percepción pública, sino que también puede limitar la búsqueda de ayuda y el seguimiento adecuado de los tratamientos. No obstante, al hablar de salud desde una perspectiva de género, también es importante considerar otros factores estructurales y psicosociales. Por ejemplo, el impacto del desempleo en la salud mental suele ser mayor en los hombres, en parte, debido a la frustración que pueden llegar a experimentar si consideran que no están pudiendo cumplir con el rol tradicional de ser el proveedor principal de la unidad familiar.

En este sentido, estos artículos contribuyen a que no se caiga en el error de pensar que hablar de perspectiva de género es hacerlo únicamente de las mujeres. Estas publicaciones en revistas del ámbito de la salud refuerzan la idea de que, en sociedades como la nuestra, que han experimentado importantes cambios sociodemográficos en poco tiempo, el análisis de las identidades de género resulta especialmente relevante. Y lo es porque nos permite comprender de manera más matizada las diferencias y similitudes en los comportamientos y experiencias que afectan a la salud de las personas. En el caso del estudio de las masculinidades, esta línea de investigación destaca los riesgos y problemas de salud que a menudo enfrentan los hombres como consecuencia de la interpretación de su identidad y el mantenimiento de su posición social. Es decir, determinados códigos sociales de masculinidad pueden contribuir a mantener posiciones de privilegio, pero, al mismo tiempo, generar riesgos para la salud de los propios hombres. Este fenómeno es precisamente lo que desde nuestro grupo de investigación hemos conceptualizado como 'el lado oscuro de los privilegios'.

Esto se hace evidente al observar que las diferencias en salud entre hombres de distintos grupos étnicos, clases sociales o regiones geográficas no pueden atribuirse únicamente a causas biológicas. De ahí que a lo largo de esta serie de artículos también se haya puesto de manifiesto la necesidad de dar a los análisis de género una vuelta de tuerca incorporando un enfoque interseccional.

La serie también pone en valor que algunos países ya hayan desarrollado estrategias o políticas de salud específicas para los hombres, lo que también supondría un avance importante para España. Se trataría de desarrollar una estrategia que desafíe las normas de género perjudiciales y promueva una participación activa de los hombres en el cuidado de su propia salud y en la de los demás. Para ello, se requiere prestar más atención a políticas e intervenciones que favorezcan la corresponsabilidad de los hombres en los cuidados informales, la crianza, la prevención de la violencia y la salud sexual y reproductiva. Además, integrar la perspectiva de género en la formación sanitaria y en los servicios de salud es clave no solo para eliminar los sesgos de género en la atención sanitaria, sino también para derribar barreras de comunicación y mejorar la adherencia a los tratamientos.

Por otro lado, aunque una parte importante de la investigación sobre la salud de los hombres se ha centrado tradicionalmente en el análisis de las diferencias comportamentales, considero que diseñar políticas, programas e intervenciones exclusivamente en torno a los comportamientos de riesgo de los hombres refuerza un enfoque de género restrictivo. Asimismo, y en esto la serie resulta muy ilustrativa, avanzar en este ámbito requiere un reconocimiento de las desigualdades en salud que existen entre los propios hombres. Además, reconocer las consecuencias de las formas hegemónicas de masculinidad para la salud de los hombres no debería convertirse, simplemente, en una forma de culpabilización, sino un aspecto que debería guiar el desarrollo de políticas de salud más integrales y sensibles respecto a la incorporación de la perspectiva de género.

Conflictos de intereses: "Declaro haber participado como revisor externo, a petición de The Lancet, en el proceso de revisión por pares de uno de los artículos que integran esta serie, recomendando finalmente su publicación".

Los tres trabajos de The Lancet tienen una gran calidad científica y un enfoque socioecológico que permite integrar los diferentes elementos que explican cómo la salud de los hombres está asociada a la masculinidad, es decir, a la manera que la construcción sociocultural da a entender qué es ser hombre, con todos los comportamientos, hábitos y actitudes asociada a ella, y cómo dicha relación se traduce en una salud más pobre.

Lo sorprendente es que un impacto tan objetivo, recogido en indicadores como los años de vida ajustados por discapacidad (AVAD/DALY) superan en un 16 % a los de las mujeres, una expectativa de vida más baja, y una tasa de mortalidad estandarizada por edad un 38 % más alta que la de las mujeres, no haya sido objeto de atención y políticas por parte de aquellos hombres que históricamente han ocupado las posiciones de poder institucional, desde las que se podrían haber desarrollado las medidas necesarias para mejorar la salud de los hombres.

El análisis que se hace de la situación toma como marco conceptual el modelo socioecológico, en el que se ponen en relación tres grandes ejes: el primero está formado por los determinantes sociales, estructurales y comerciales; el segundo lo forma la intersección de los elementos del sistema de poder, como la clase, el género, la etnia, los factores socioculturales, etc; y el tercero, la teoría sindémica que permite asociar directamente los factores sociales y ambientales con los de las enfermedades, y cómo esa relación produce un efecto sinérgico.

La lectura de los trabajos lleva a preguntarse sobre las razones de esa 'pasividad' en responder ante un problema tan grave y con consecuencias tan amplias y profundas, pues como se recoge, el impacto negativo en la salud de los hombres conduce a problemas sociales de mayor intensidad, los cuales a su vez afectan más la salud de los hombres y, en general, la de toda la sociedad. Y las razones se deducen de la propia relación que describen los trabajos entre los factores socioculturales y el deterioro de la salud de los hombres, relación que tiene un doble impacto, a nivel social y a nivel individual.

En el plano social, la idea de una masculinidad viril, proveedora y estoica facilita la aparición de estrés psicosocial en distintas circunstancias, y conduce a hábitos nocivos para la salud, como el consumo de sustancias tóxicas, la asunción de conductas de riesgo en diferentes contextos o el recurso a la violencia. Y en el plano individual, cuando el problema de salud ya está presente, el comportamiento se caracteriza por buscar atención clínica más tarde y menor adherencia al tratamiento o abandono de este.

El protagonismo de la construcción sociocultural en los factores que conducen a una salud de los hombres más pobre se refuerza al comprobar cómo quienes han estado en las posiciones institucionales para desarrollar una respuesta a los problemas de salud de los hombres, que han sido hombres, no lo han hecho. Y la respuesta también se deduce del modelo socioecológico y gira sobre tres referencias. Por un lado, se asocia que los problemas de salud de los hombres inciden en aquellos que tienen una serie de hábitos nocivos bajo la idea de 'masculinidades tóxicas'; por otro, se entiende que los problemas de salud en los hombres son una especie de 'precio' para obtener los beneficios y privilegios sociales que el propio modelo pone a su alcance a través de los comportamientos que generan los problemas de salud; y en tercer lugar, se interpreta que la interseccionalidad de factores que aumentan la vulnerabilidad en determinados grupos de hombres o en hombres bajo circunstancias concretas, como cuando coinciden la pobreza, el grupo étnico, el desempleo, etc., en lugar de ver ese problema de salud aumentado por los elementos que interseccionan, se entiende que es un problema individual de esos hombres, no un problema social. Esta idea justifica la invisibilidad de los problemas de salud asociados a la masculinidad y refuerza el modelo social de la desigualdad al hacer creer que determinados hombres son 'inferiores' por su naturaleza.

Ni en España ni en la mayoría de los países existen estrategias específicas para abordar los problemas de salud de los hombres y su relación con los determinantes sociales, no solo reducidos al plano individual bajo un enfoque clínico. Por ello resulta esencial abordar estos elementos en las políticas y planes de salud, máxime en un momento histórico en el que coinciden factores de incertidumbre social, precariedad laboral, estrés psicosocial o aislamiento potenciado por el uso de las redes, que impactan directamente en la salud masculina.

El escenario se ensombrece aún más cuando se observa que en la actualidad coinciden dos elementos críticos: en primer lugar, la potenciación de una idea de masculinidad basada en las referencias tradicionales a la virilidad, el estoicismo de los hombres, y la reivindicación de unos niveles de testosterona elevados con expresión a nivel conductual y a nivel físico con un cuerpo musculado. Y, en segundo lugar, las propuestas que niegan la referencia de género para desarrollar las políticas de salud, posiciones que, incluso, están cuestionando todas las iniciativas abordadas sobre la salud de las mujeres, y que harán más difícil incorporar el enfoque de género a las políticas sanitarias centradas en la masculinidad.

- Artículo de investigación

- Revisión

- Revisado por pares

- Revisión

- Revisado por pares

- Artículo de investigación

Originally reported by Science Media Centre España.