Tristán Domecq reinventa su tienda de Madrid y demuestra por qué el estilo clásico sigue conquistando el siglo XXI
Tristán Domecq reinventa su universo: la nueva etapa de uno de los interioristas artífices de que el estilo clásico siga de moda
La exquisita tienda y showroom de Tristán Domecq en Madrid, de tres plantas y dos esplendorosos escaparates a una de las calles más chic de la ciudad, demuestra estos días su capacidad para reinventarse. Buscando dar protagonismo a diseños propios y consolidar una forma de entender el interiorismo, las estancias mezclan piezas contemporáneas, antigüedades y diseños ad hoc. Más que una tienda, el nuevo espacio funciona como una declaración de intenciones: una traducción física de aquello que sucede en sus proyectos.
En el caso de Tristán Domecq, su mirada sobre cada proyecto parte siempre del espacio en el que trabaja en ese momento: de su arquitectura, de su historia, de la luz y de aquello que hace que cada casa sea diferente. “Yo me inspiro al revés, porque es la casa la que me inspira a mí”, explica. Una frase que resume una manera de trabajar basada menos en imponer un lenguaje propio que en saber escuchar el que ya existe. Quizá esa sensibilidad hacia los espacios tenga también algo de herencia: su tío abuelo fue decorador, su madre también y hay varios arquitectos en la familia.
Cómo tener ser diseñador y tener tienda propia en Madrid, paso a paso
En la tradición de esos grandes interioristas que definieron el siglo XX en nuestro país, como Paco Muñoz con Darro, la tienda se convierte en el lugar donde su lenguaje creativo puede verse, tocarse y entenderse. “Nuestra tienda y showroom representa nuestro universo”, explica Domecq. “Y esa es precisamente la intención de la renovación del espacio: que quien entre, pueda comprender quién es Tristán Domecq incluso antes de conocer mi trabajo”.
La historia de la tienda comenzó hace seis años, primero con una experiencia online que pronto reveló las limitaciones de la pantalla. Las piezas más especiales, especialmente aquellas de mayor valor, necesitaban algo más que una fotografía para convencer. El cliente quería verlas, tocarlas, comprobar sus proporciones y materiales. La pandemia terminó de acelerar la decisión y, en septiembre de 2020, abrió el espacio físico en la calle Castelló, emplazamiento elegido también por su proximidad a otros referentes del sector.
Y las mesas de centro más deseadas encontraron su contexto ideal
Hoy, la tienda funciona como complemento del estudio. No pretende sustituirlo, sino reforzarlo. Es un lugar donde los clientes pueden experimentar en directo aquello que en un render resulta más difícil de transmitir: la escala, la textura, la luz o la presencia de un objeto. Para Domecq, esa dimensión física sigue siendo irremplazable. “Por mucho que se haya mejorado la imagen con la IA o que tengas unos renders que sean impecables, es imposible captar la sensación que produce una pieza o un material en una foto”, reflexiona Domecq.
La evolución hacia una colección propia nació, además, de una necesidad profesional. A Domecq le resultaba sencillo defender ante sus clientes las distribuciones y los acabados de un proyecto, pero más complejo explicar determinadas decisiones decorativas. La respuesta fue crear las piezas y mostrarlas terminadas. Así, el cliente podía verlas en un contexto real y entender mejor cómo funcionaban. Las mesas de centro fueron uno de los primeros ejemplos: objetos que el propio interiorista echaba en falta en el mercado y que acabó diseñando.
El proceso creativo, sin embargo, no responde a una fórmula cerrada. Domecq habla de intuición, de momentos en los que una pieza aparece mentalmente asociada a un espacio concreto. Una vivienda recargada puede pedir una mesa minimalista; una casa contemporánea, una antigüedad excepcional. “No hay una ciencia exacta de cómo surge”, reconoce. El objeto y su diseño ideal aparecen cuando el espacio lo reclama. Esa relación con el espacio explica también su particular manera de entender la inspiración. Frente a la idea del interiorista que llega a una casa con un estilo preconcebido, Domecq defiende exactamente lo contrario. La arquitectura es la que marca el camino. Una vivienda histórica exige respeto por su contexto; una casa contemporánea puede sugerir otras decisiones. “¿Cómo voy a darte yo mi inspiración? Tú me estás inspirando a mí”, resume, pensando en una casa concreta como interlocutor.
Las antigüedades ocupan un lugar esencial en ese diálogo entre tiempos. Domecq viaja periódicamente a ferias del sur de Francia e Italia para buscar piezas que puedan convivir con sus propios diseños y aportar carácter a sus proyectos. No se trata de construir interiores nostálgicos, sino de introducir contraste, memoria y singularidad. Una pieza antigua puede ser precisamente el elemento que complete un espacio contemporáneo.
En casa del herrero… una vajilla de Compañia de Indias
Quizá esa sensibilidad tenga su origen en la infancia. Domecq creció en Vigo en una casa decorada por su madre, que era interiorista y tenía una tienda en la ciudad. “Entre los recuerdos que conservo están un retrato antiguo y una vajilla de porcelana de Compañía de Indias que todavía mantiene mi madre. Yo ahora colecciono vajillas”, confiesa. Una memoria doméstica que, de manera casi inconsciente, parece haber alimentado su relación con los objetos.
La nueva imagen de la marca y la renovación de la tienda llegan así en un momento de consolidación. La intención es ampliar la colección propia sin renunciar a las antigüedades y, en el futuro, incorporar también a otros diseñadores con los que exista una afinidad estética. La tienda puede convertirse, de este modo, en algo más que un escaparate: en un espacio editorial, una selección de objetos y una expresión tangible de una manera de entender el interiorismo. En un mercado cada vez más amplio y competitivo, tener una voz propia (y buenas redes sociales) se ha convertido en una necesidad. Para Domecq, diferenciarse significa precisamente eso: construir un universo reconocible y ser capaz de trasladarlo de los proyectos a los objetos, de los objetos al espacio y del espacio a una identidad de marca. Porque, al final, su manera de trabajar vuelve siempre al mismo principio: no imponer una estética, sino escuchar lo que el espacio tiene que decir.
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