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Tuesday, 13 October 2026
Entertainment

Un recorrido por el Nápoles de Sorrentino y los rincones de la antigua y magnética Parthenope que llevó al cine

Tal como refleja el director napolitano Paolo Sorrentino en su superproducción Parthenope (2024), la Bella Napoli es contradictoria como pocas. Es a la vez caótica y elegante, bella y decadente, sensual y sagrada. Nápoles no es solo una ciudad, es un estado de ánimo y, sobre todo, una sirena que hechiza a quien la mira. Y es que hoy el gentilicio culto o literario para los napolitanos sigue siendo partenopeo, en referencia a su antiguo nombre, Parthenope. Los orígenes de la actual urbe italiana se remontan a una colonia fundada por los griegos de la cercana población de Cumas en el siglo VIII a.C. “Esta primera fundación estaba formada por la isla donde está actualmente el Castel dell’Ovo (Castillo del Huevo) y la colina del monte Ecchia. Era muy pequeña y tomó el nombre de la sirena Parthenope, cuyo culto se desarrolló en esta zona antes de la llegada de los cumanos”, explica nuestra guía local.

En su universo melodramático y onírico, el oscarizado Paolo Sorrentino —por La gran belleza como mejor película internacional en 2014— refleja estos escenarios con su peculiar sprezzatura a través de la vida de una mujer que comparte el nombre original de la ciudad. Nacida en los años cincuenta e interpretada por Celeste Dalla Porta, Parthenope encarna ese misterio eterno de la belleza napolitana. La que fuera la poderosa capital del reino más grande de la península de Italia antes de la unificación en 1861 vivió una de sus épocas doradas a principios del siglo XX, pero, sin duda, forjó su apodo de capital de la dolce vita durante las décadas de los sesenta y setenta. La actual capital de la Campania rezumaba elegancia por doquier con la presencia de estrellas internacionales, el nacimiento de la alta costura local y una sofisticada vida nocturna. Revivimos ese Nápoles magnético, nostálgico y aristocrático y los pasos de juventud de la Parthenope de Sorrentino recorriendo lugares emblemáticos como el hotel Eurostars Excelsior, la colina de Vomero, Posillipo, el Teatro San Carlo y el paseo marítimo Lungomare.

Hotel Eurostars Excelsior, una institución de la ‘dolce vita’

Gianni Ricci, gerente general del Hotel Eurostars Excelsior, encarna a la perfección al personaje tipo de una película italiana. No hubiera sido de extrañar que Marcello Mastroianni, uno de los mejores amigos de su padre, le hubiera invitado a participar junto a él en alguna de sus famosas producciones. Su vida es tan apasionante como la de este alojamiento que dirige con gran profesionalidad e ilusión desde 2007. La sorpresa fue mayúscula cuando Ricci nos confesó: “Yo nací en este hotel. Mi madre, Titina, trabajaba aquí como planchadora. Estaba embarazada de mí y rompió aguas mientras trabajaba”.

El mítico edificio Liberty que le da cobijo desde 1908 representa esa dualidad napolitana: es tanto un refugio del bullicio urbano como un mirador privilegiado desde el que contemplarlo. Al bucear en la historia del Eurostars Excelsior, averiguamos que el padre de Ricci trabajó como concierge (una figura que prácticamente ya solo existe en establecimientos de lujo, una especie de asistente personal de los huéspedes) desde 1954 hasta 2007. “Cuando él se jubiló, el propietario me llamó directamente porque querían que un Ricci dirigiera el hotel. Inmediatamente acepté la propuesta, ya que mi sueño siempre había sido trabajar aquí”, explica.

Traspasar su majestuosa entrada en el número 48 de la bellísima Via Partenope es zambullirse en plena Belle Époque. Un primer instante es suficiente para darse cuenta de que uno acaba de entrar en un edificio que ha sido testigo de algunos de los episodios históricos más relevantes de Nápoles. Tal como cuenta Gianni Ricci, “hubo una época en que todo lo que pasaba en Nápoles pasaba en el Excelsior; era como una embajada, un lugar de encuentro de políticos, personajes ilustres, actores de Hollywood…”. Así lo atestiguan las paredes del vestíbulo, con fotografías que ilustran momentos relevantes como un almuerzo celebrado en honor al presidente Theodore Roosevelt en 1909 o la visita de la mismísima reina María Cristina, esposa de Alfonso XII. En él se han alojado personajes ilustres como Oscar Wilde, que buscó inspiración en sus habitaciones con vistas al mar, o la actriz Sofia Loren, regresando a su tierra natal con la elegancia de quien conquistó Hollywood sin olvidar sus raíces. Destinar parte del viaje a subir a su azotea para tomar un aperitivo o degustar un delicioso ágape mediterráneo contemplando una de las vistas más estremecedoras del Vesubio y el golfo de Nápoles justifica por sí sola la visita a este lugar.

Podría decirse también que el Excelsior es un personaje más del gran teatro napolitano. Su conexión con las artes y con el cine es muy estrecha, ya que tanto su interior como los exteriores se han inmortalizado en producciones como Viaggio in Italia (1954), de Roberto Rossellini, o Il giudizio universale (1961), de Vittorio De Sica. Sorrentino eligió la Via Partenope para rodar la última escena de su superproducción, donde la protagonista podría perfectamente descender por la escalinata del Excelsior con esa elegancia atemporal que solo poseen los grandes personajes del cine italiano.

El exterior del hotel nos lanza directamente a uno de los paseos más mágicos y representativos de Nápoles: el paseo marítimo. Transitar por esta extensa avenida acariciada por el mar Tirreno es imprescindible para tomarle el pulso a una de las capitales con más personalidad de Europa. Caminar por aquí al atardecer es adentrarse directamente en el imaginario de Sorrentino. Nápoles y la protagonista de la película comparten el mismo nombre y el mismo destino: una belleza deslumbrante que hechiza a quien la mira, pero que esconde una profunda melancolía. A lo lejos, la silueta imponente del Vesubio descansa como un gigante dormido y, en el centro del recorrido, el Castel dell’Ovo parece flotar sobre el agua en el islote de Megaride, que remite al origen mítico de la ciudad.

Posillipo, el escondite de la burguesía

Famosa por su gran diversidad de marisquerías y elegantes coctelerías, Posillipo es una colina salpicada de villas y majestuosos palacios que miran al mar y parecen danzar al son de una de las canciones napolitanas más famosas de la historia: Marechiare (1885), de Francesco Paolo Tosti. Precisamente, descendiendo de Posillipo hacia Marechiaro se puede tomar una instantánea de la mítica fenestella (la pequeña ventana que inspiró la popular serenata). Una visita fundamental para comprender el glamur residencial de los años sesenta y setenta y contemplar el que era el escondite de la alta sociedad y el lugar donde Sorrentino sitúa la impresionante mansión donde nace y vive la protagonista de su Parthenope.

La galería Umberto I y el teatro San Carlo

Dejamos atrás estos rincones de postal para acercarnos a la zona del casco antiguo y descubrir dos edificios relacionados también con la época dorada napolitana, ambos junto a la majestuosa plaza del Plebiscito.

La Galleria Umberto I forma parte, igual que el Lungomare, de la gran intervención urbanística llamada Risanamento que tuvo lugar entre finales del siglo XIX y principios del XX, y cuyo objetivo era reconstruir los barrios más degradados de la ciudad. Igual que sucede hoy, esta obra maestra ha sido siempre un punto de encuentro de la sociedad napolitana. Ya en la Belle Époque, bajo su majestuosa cúpula de cristal y hierro se reunían caballeros con sombrero de copa y damas ataviadas con vaporosos vestidos para tomar un café o un limoncello tras disfrutar de una ópera en el cercano teatro San Carlo, el teatro de ópera en funcionamiento continuo más antiguo del mundo (desde 1737).

Para los amantes del chisme, en los bajos de la Galleria se encuentra el Salón Margherita, el homólogo del Moulin Rouge de París, que se puede visitar con reserva previa, aunque, al ser una propiedad privada, solo ofrece visitas guiadas exclusivas.

La cartuja de San Martino, en Vomero

Otro lugar fundamental para comprender la dualidad de Nápoles y contemplar el conjunto de esta sinfonía urbana es la colina del Vomero. Desde allí desafía al horizonte la cartuja San Martino, un antiguo complejo monástico que es una joya del barroco napolitano y que hoy alberga un museo con obras de arte, carruajes históricos y una de las colecciones de belenes tradicionales napolitanos más famosas del mundo. “En la parte alta de la colina de Vomero se encuentra también el castillo de San Elmo, construido en 1300 por los franceses con una función militar. Desde su inmensa plaza de armas se vislumbra una de las vistas panorámicas más completas de Nápoles, ya que abarca 360 grados. La ladera de la colina aloja también una viña histórica replicada en muchas pinturas de Nápoles”, explica la guía.

Bagnoli, poesía en estado puro

No podemos poner el broche de oro a este recorrido por el Nápoles más sorrentiniano y hechizante sin visitar Bagnoli, uno de los barrios con más sabor y encanto. Muy cerca de Pozzuoli (lugar de procedencia de la oscarizada Sofia Loren), late uno de los rincones más cautivadores de ese Nápoles que se muestra sin filtros ni artificios, que te entrega su alma.

Una imagen de postal en la que decenas de barcas de pescadores se balancean en un coqueto y pequeño puerto, abrazadas por escarpados acantilados y edificios antiguos erosionados por la huella del tiempo y la humedad del Tirreno. Al frente, el pequeño islote de Nisida completa una panorámica de ensueño. Aquí espera el histórico restaurante Cicciotto, una elección perfecta para quienes quieran probar platos marineros como el pescado crudo o a la plancha, marisco, sus inimitables buñuelos o especialidades como los schiaffoni con langosta y los linguine con cangrejo.

Fundado en 1942 en la bahía de Marechiaro, su encantador nombre evoca la imponente y robusta figura de su fundador, Vincenzo Capuano. Lo que realmente no tiene parangón es el final de fiesta: cuando el nonagenario Vincenzo toma las riendas y empieza a entonar, mesa a mesa, canciones típicas napolitanas. No se me ocurre una mejor forma para cerrar este viaje “a ese Nápoles que, si no sabe cantar, puede, por una necesidad del corazón, y con amable intención, desafinar impunemente”, como lo describía Matilde Serao en El vientre de Nápoles (1884).

Deslizarse hoy por el bellísimo paseo marítimo, cruzar el umbral del majestuoso Excelsior y perderse por sus barrios históricos es transformarse en un personaje de esa gran película inacabada que es Nápoles. Un lugar donde el pasado de anteguerra, los dorados años cincuenta, sesenta y setenta y el presente más vibrante caminan de la mano. En Parthenope, Sorrentino filma su ciudad con la mirada de quien conoce cada rincón pero aún puede maravillarse ante ellos, como un amante que redescubre constantemente el rostro amado.

Planes originales para descubrir Nápoles

- Un taller de pizza napolitana. Ponemos las manos en la masa y nos dirigimos a la pizzería de Diego Vitagliano (Vía Nuova Agnano, 1) para aprender con este maestro pizzaiolo cómo se elabora la auténtica pizza napolitana. El taller se realiza de lunes a viernes, según demanda y previa reserva. Vitagliano abrió hace 10 años en Pozzuoli su primera pizzería y enseguida revolucionó el universo de la pizza napolitana. Obtuvo muchísimos premios, entre ellos, a la mejor pizzería del mundo en 2023. “El secreto de la mejor pizza es la pasión. También intervienen aspectos como la masa y los ingredientes de gran calidad. Las pizzas buenas deben disolverse en la boca”, explica.

- Visitar la tienda de presepi (pesebres) más antigua de Nápoles. Si hay algo característico de esta capital italiana son sus típicos belenes. Lo que ya no es tan común es adentrarse y explorar el taller familiar Di Virgilio, emplazado en la popular Via San Gregorio Armeno. Con suerte, estará atendiendo el actual propietario, Genny di Virgilio, maestro artesano de cuarta generación perteneciente a una saga familiar que diseña estas preciosísimas figuras desde 1830. Cada pieza es única y está totalmente hecha a mano con la misma técnica que se utilizaba hace dos siglos.

- Arte en el metro. Si hay un plan realmente fuera de los circuitos turísticos habituales es adentrarse en algunas de las estaciones de metro que forman parte del proyecto Stazioni dell’Arte (estaciones del arte), pensado para integrar el arte contemporáneo en el día a día de los ciudadanos. Destaca la estación de Toledo, con una obra del arquitecto y diseñador español Óscar Tusquets. Su elemento más icónico es su espectacular cráter de luz.

Originally reported by EL PAÍS.