Alerta máxima con el gas natural: ya se alcanzan los precios de la guerra de Ucrania
La crisis de Oriente Próximo se mantiene viva. Tras siete meses de convulsiones con el petróleo y su suministro –que ha centrado todas las miradas–, en las últimas semanas se ha gestado un problema que también puede tener un efecto similar y tiene al gas natural ... de protagonista. Aunque solo en momentos puntuales, su cotización en el índice TTF holandés ha sobrepasado los 100 €/MWh algunos días de la semana pasada, una cifra que no se veía desde diciembre de 2022, cuando la guerra de Ucrania dejaba un severo destrozo en las grandes economías europeas. Cabe recordar que el año lo empezó en torno a 30 euros. Pese a que la realidad todavía no es tan preocupante como entonces, las luces de alarma se han encendido ya.
En clave nacional, el sector industrial ahora mismo es quien más peligra con estos precios debido a su alta dependencia energética, tanto del gas como la electricidad. Aunque no todas las empresas sufrirían por igual. Algunas pueden trasladar parte del sobrecoste a sus clientes, mientras que otras acabarían trabajando a pérdidas, reduciendo la producción o parando instalaciones, según explican expertos industriales a este periódico.
Además, hay una cuestión fundamental con respecto al precio del gas, y es que no afecta únicamente a quienes lo usan directamente. También repercute en el precio de la electricidad, en los fertilizantes, en la fabricación de productos químicos y en buena parte de la cadena de costes industriales.
Este escenario se debe a múltiples factores entre los que destacan las interrupciones del transporte marítimo de gas natural licuado (GNL), especialmente las que afectan al suministro de Qatar, que han reducido la oferta disponible. Europa debe buscar cargamentos alternativos y competir por ellos con los compradores asiáticos, que también necesitan gas.
Según el regulador europeo de la energía ACER, las reservas estaban aproximadamente al 75% pasado mediados de octubre, por debajo de la media histórica. Eso obliga a comprar gas en un mercado más tensionado y aumenta la vulnerabilidad ante una ola de frío.
Los analistas, de momento, trabajan con la perspectiva de que la crisis en Oriente Próximo todavía durará tiempo
En este contexto, el suministro es un quebradero de cabeza. Europa ha diversificado sus proveedores desde 2022, pero esa diversificación no significa disponer de gas ilimitado a cualquier precio. Aumentar las compras de GNL exige competir en el mercado internacional, disponer de cargamentos y contar con capacidad logística. Y ahora llega el peor momento del año.
El frío puede elevar simultáneamente el consumo doméstico, la generación eléctrica con gas y la demanda industrial. Si las reservas caen más rápido de lo previsto, los compradores podrían estar dispuestos a pagar todavía más para asegurarse el suministro.
Pero la peor noticia de todas es que la tensión en Oriente Próximo se mantiene viva. Pese a que la situación se ha enquistado, y las portadas de los periódicos ya no llevan los problemas de tránsito en Ormuz, ni la continua verborrea del presidente Donald Trump, los productores de gas descuenta una continuación del conflicto y adecúan los costes.
Impacto para la economía
Fuentes del sector industrial explican a este periódico que las empresas tienen tres opciones para absorber el sobrecoste: reducir sus beneficios, subir sus precios o reducir costes y producción.
Si no pueden trasladar el encarecimiento a sus clientes, los beneficios caen. Si lo trasladan, pueden perder ventas frente a competidores extranjeros. Y si reducen la producción, disminuyen las necesidades de personal, los pedidos a proveedores y la actividad de las zonas industriales afectadas.
Ante esta situación, las empresas con menor liquidez y más deuda son especialmente vulnerables, porque deben financiar las facturas energéticas antes de recuperar el dinero de sus ventas.
100 €/MWh
Precio del gas
El índice TTF holandés, que marca el precio de referencia en los mercados, no estaba tan alto desde 2022, cuando la guerra de Ucrania se encontraba en el máximo apogeo
Luego hay un problema sobrevenido con el gas, del que los sectores productivos aprendieron en la pasada guerra de Ucrania: la electricidad también puede encarecerse. España tiene una ventaja relativa frente a otros países europeos, pero solo es relativa. La elevada producción renovable permite reducir la dependencia del gas en muchas horas. Pero no elimina esa dependencia. De hecho, desde hace varias semanas el impacto está siendo nulo cuando existen menos horas de sol y bajo viento.
El Banco de España explicaba en su informe del tercer trimestre de 2026 que el efecto del gas sobre la electricidad depende de la época del año y de qué tecnologías sean necesarias para cubrir la demanda. En su análisis, un aumento de 10 €/MWh en el gas se ha asociado con aproximadamente 15 €/MWh adicionales en el precio mayorista eléctrico durante el verano.
Lo que no se ve
El gran problema con los costes del gas es que penetra en las economías domésticas sin muchas estridencias, pero de forma notable para los bolsillos.
El gas caro se transmite a la economía mediante la factura energética de hogares y empresas; los alimentos, por los costes de fertilizantes, procesado, almacenamiento y transporte. También llega por la vía de los materiales de construcción y los productos industriales. Y el reguero continúa: servicios que necesitan calefacción, refrigeración o grandes cantidades de electricidad.
El resultado puede ser una nueva subida de la inflación, con el actual suelo del 4,9% según los últimos datos del INE. Si los salarios no acompañan, los hogares pierden poder adquisitivo y reducen el gasto en otros bienes y servicios.
El precio del gas se termina filtrando al cabo de los meses en las economías domésticas, y eso afecta a los consumidores
Y aquí llega otro factor esencial: menor crecimiento económico y más importaciones. España importa una parte importante de la energía que consume. Cuando el gas se encarece, el país necesita destinar más recursos a comprar la misma cantidad de energía en el exterior. Esto puede deteriorar la balanza comercial y reducir la renta disponible para consumo e inversión.
Además, si las fábricas españolas producen menos porque sus costes son demasiado elevados, el país puede terminar importando más productos acabados del extranjero. Se combinan así dos efectos negativos: una factura energética más alta y una menor actividad industrial nacional.
Ahora mismo la gran pregunta es si Europa está mejor preparada en algunos aspectos. Es cierto que ha diversificado sus suministros, dispone de más capacidad de importación de GNL y ha reducido su demanda de gas desde la crisis anterior. Pero las dudas existen.