Hallan, por primera vez, una estrella de color verde
Un nuevo estudio revela que las enanas blancas, los densos cadáveres de estrellas similares al Sol, no solo brillan en blanco o azul, sino que pueden ser verdes, rosas o amarillos. El secreto está en la química de sus atmósferas, capaz de alterar los colores ... que normalmente asociamos a la temperatura de una estrella.
El Universo acaba de añadir nuevos colores a su paleta. No se trata de estrellas recién nacidas ni de exóticos astros de una galaxia lejana, sino de los restos de estrellas 'corrientes' y que hace mucho tiempo agotaron su combustible. Las conocemos como enanas blancas y se calcula que entre el 95 % y el 97 % de todas las estrellas conocidas terminarán su ciclo de vida convertidas en este tipo de 'cadáver' estelar, incluido nuestro propio Sol. Sin embargo, y a pesar de que su nombre lleva el blanco incluído, resulta que un buen número de ellas puede brillar en tonos que nadie esperaría encontrar en el cielo: verde, rosa, amarillo, cian e incluso violeta.
Un equipo de la Universidad de Warwick, dirigido por el astrónomo Mark Hollands, ha estudiado este extraño fenómeno en un trabajo recién publicado en RAS Techniques and Instruments. Y sus resultados muestran que la regla habitual que relaciona el color de una estrella con su temperatura no siempre basta para explicar lo que vemos. En las enanas blancas, de hecho, la composición química y las extraordinarias condiciones de sus atmósferas pueden cambiar por completo el aspecto de la luz que emiten.
«La mayoría de las estrellas -explica Hollands-, incluidas casi todas las enanas blancas, se comportan como 'radiadores perfectos', por lo que su color depende casi exclusivamente de la temperatura. Pero nadie hasta ahora había investigado qué otras posibilidades podían existir. Y resulta que estas estrellas increíblemente densas pueden producir colores que nadie esperaba Algunas me han sorprendido de verdad».
Una química sorprendente
Las enanas blancas son la etapa final de la vida de estrellas similares al Sol. Cuando agotan su combustible, estos astros expulsan sus capas exteriores y dejan expuesto un núcleo muy compacto y mucho más pequeño que la estrella original, pero que continúa brillando, como el rescoldo en una chimenea, mientras se enfría lentamente durante miles de millones de años.
Su tamaño suele compararse al de la Tierra, un volumen mucho menor del que una vez tuvieron, pero que conserva una fracción muy importante de la masa de la estrella original. La gravedad las comprime tanto que una simple cucharadadita de su materia tendría la misma masa que un elefante. Algo que a menudo les permite devorar los mundos que han sobrevivido a su alrededor.
El secreto está en la química de sus atmósferas, capaz de alterar los colores que normalmente asociamos a la temperatura de una estrella
Durante décadas, los astrónomos han pensado que estos 'rescoldos estelares' obedecían a una regla de color casi inmutable. Igual que un trozo de hierro en la forja de un herrero, su tono dependía de la temperatura: las más frías se veían anaranjadas, las intermedias blancas y las más calientes, de un pálido azulado.
Pero el Universo nos tenía guardada una sorpresa, porque las enanas blancas esconden una particularidad. En las atmósferas de las más frías, la densidad puede alcanzar aproximadamente un gramo por centímetro cúbico, comparable a la del agua y millones de veces más densa que la superficie del Sol. Y en semejante entorno, las partículas chocan e interactúan de formas muy distintas a las habituales.
Como consecuencia, los elementos que están jkpresentes en pequeñas cantidades (como carbono, calcio o sodio) y las moléculas de hidrógeno pueden alterar el espectro de la estrella. Absorben o modifican determinadas longitudes de onda y desequilibran la distribución de colores que cabría esperar normalmente.
El truco para descubrir una estrella verde
Pero los investigadores no han observado directamente una pequeña esfera verde a través de un telescopio. Su procedimiento ha sido más sutil: han reconstruido el color que percibiría el ojo humano si estuviera cerca de una enana blanca de estas características. Y lo han hecho a partir de los espectros de esas estrellas.
Un espectro es como la huella dactilar de la luz. Y al descomponer un rayo luminoso en sus longitudes de onda, igual que lo hace un prisma con la luz del Sol, los astrónomos pueden detectar las 'firmas' únicas de los elementos químicos presentes en la atmósfera estelar. Firmas que los científicos comparan con las de los mismos elementos obtenidas en sus laboratoios. Después, y una vez conocidos los elementos presentes, los investigadores utilizaron modelos de visión humana para calcular qué color produciría esa luz a nuestros ojos.
Los rastros de sodio absorben la parte naranja del espectro, dejando un brillo verde fantasmal que parece de ciencia ficción
Un trabajo anterior, publicado en la misma revista en 2025, ya había mostrado el potencial de los espectros obtenidos la misión europea Gaia para identificar enanas blancas 'contaminadas' por restos planetarios. El análisis de cerca de 100.000 candidatas permitió descubrir nuevas estrellas que merecían observaciones más detalladas. Y ahora, la misma clase de información espectral abre una ventana inesperada a los colores de estos astros.
El sodio que borra el naranja
La estrella más llamativa del nuevo estudio es WD J1330+6435. Su temperatura ronda los 4.000 grados Celsius y su atmósfera contiene rastros de calcio, litio y sodio procedentes de material rocoso que ha ido incorporando de su antiguo sistema planetario.
Esa contaminación parece ser la clave de su aspecto insólito. El sodio absorbe parte de la luz naranja del espectro y deja relativamente más peso en otras regiones, produciendo en los modelos un tono verde amarillento. «Los rastros de sodio en la atmósfera de esta enana blanca -señala Hollands- absorben la parte naranja del espectro y dejan un resplandor verdoso fantasmal. Imagine estar en un planeta y mirar hacia arriba para contemplar una estrella verde. Parece sacado de la ciencia ficción».
Según el estudio, se trata del primer caso conocido de una estrella cuyo color verde haya sido identificado de forma convincente mediante este tipo de análisis. El resultado no significa que las estrellas verdes sean frecuentes, sino que determinadas condiciones atmosféricas pueden generar un color que la temperatura, por sí sola, no permitiría predecir.
En el extremo contrario aparece WD J1011+2845, situada a unos 48 años luz de la Tierra. Los modelos indican que podría ser una de las estrellas más rojizas identificadas hasta ahora: su luz, en efecto, adquiriría un intenso tono rosa salmón. En este caso, el responsable es el carbono. Una zona de convección profunda habría transportado ese elemento desde el interior hasta las capas externas de la estrella. Las moléculas de carbono modifican tanto la luz que casi toda la emisión visible queda concentrada por encima de los 600 nanómetros, en la región más rojiza del espectro.
Una de cada treinta no es blanca ni azul
Para comprobar hasta qué punto estos colores son habituales, el equipo examinó una muestra representativa de 151 enanas blancas situadas a menos de 65 años luz. Cinco presentaban tonalidades poco comunes: dos amarillas y tres rosas.
La proporción, alrededor de una de cada treinta, sugiere que los colores atípicos podrían ser mucho más frecuentes de lo que se pensaba, aunque el tamaño de la muestra aconseja interpretar la cifra con prudencia.
El resultado también corrige otra idea extendida: que las enanas blancas suelen ser azules. Para las 146 estrellas restantes, la temperatura de color mediana fue de unos 6.800 kelvin, correspondiente a una luz que percibimos como blanca. La aparente abundancia de enanas blancas azuladas se debe, en parte, a un sesgo observacional. Las más calientes, de hecho, son también las más brillantes y pueden detectarse a mayor distancia, por lo que quedan sobrerrepresentadas en los catálogos construidos a partir del brillo.
«Una de cada treinta quizá no parezca una proporción enorme -afirma Boris Gänsicke, de la Universidad de Warwick y coautor del estudio-, pero, teniendo en cuenta la población total de enanas blancas del Universo, siguen siendo muchas estrellas de colores extraños»
La investigación también conecta con un campo que ha revolucionado la astronomía de los últimos años: el estudio de los restos de sistemas planetarios alrededor de estrellas muertas. Entre el 25% y el 50% de las enanas blancas, en efecto, muestran señales de contaminación por elementos pesados que, en muchos casos, se atribuyen a la incorporación de asteroides y otros cuerpos planetarios. Su análisis químico permite reconstruir la composición de mundos que sobrevivieron a la muerte de su estrella.
El Universo, por tanto, no solo conserva las ruinas de antiguos sistemas planetarios. También puede teñirlas con colores inesperados.