La 'vida yogui' de Olivia, la nieta de Florentino Reyzábal, antiguo dueño de la torre Windsor, tras denunciar a sus tías: su empresa
Fue el pasado mes de junio cuando el apellido Reyzábal volvió a copar los principales titulares en la prensa española a raíz del estallido de una guerra familiar. En concreto, cuatro miembros de la familia, antigua dueña del edificio Windsor, están enzarzados en los tribunales.
Olivia y Javier Reyzábal Roig, nietos del empresario Florentino Reyzábal Larrouy, e hijos del fallecido Javier Reyzábal, presentaron una querella contra dos de sus tías por presuntos delitos de apropiación indebida, estafa y administración desleal.
Todo ello, en relación con el reparto de la herencia familiar. Se reabría así una disputa en el seno de una de las sagas más poderosas del país. El conflicto tiene su origen en el patrimonio de Julián Reyzábal Delgado, el patriarca que abrió camino en los negocios desde la posguerra.
Este empresario acabó construyendo una de las dinastías empresariales más conocidas de Madrid. Ahora, Olivia y Javier acusan a sus tías Blanca y Mónica Reyzábal Gómez -así como contra Andrés Sastre Muñoz, marido de la primera- de una serie de delitos.
Entre ellos, apropiación indebida y estafa agravada, insolvencia punible y falsedad documental en relación con el reparto del patrimonio. La denuncia, presentada el 25 de mayo, sostiene que los hijos de Javier Reyzábal fueron privados de una parte de la herencia.
Según la línea de defensa de los querellantes, esta privación se llevó a cabo mediante la ocultación de activos y la manipulación del valor real de bienes pertenecientes al clan. Según la versión de los nietos Rezábal, el perjuicio económico supera los 20 millones de euros.
Olivia y Javier, sostiene una fuente bien informada a EL ESPAÑOL, sólo están luchando por lo que les corresponde y "en nombre de su padre": reclaman, pues, lo que a Javier Reyzábal -fallecido de un infarto, a los 42 años, en 2012- le hubiera gustado que sus vástagos tuvieran.
Son unos jóvenes "discretísimos", que no pretenden "vivir de las rentas". De hecho, tienen sus profesionales y "les va muy bien". Por su parte, se dedica al sector financiero. Es analista de inversión en Fremman Capital, una firma de capital privado, desde octubre de 2025.
Olivia, en cambio, ha decidido enfocar su vida profesional combinando el trabajo en el ámbito corporativo -especialmente eventos y contacto con personas- con la impartición de clases de yoga y su formación en esta disciplina.
Además, impulsa Almadeleita, un proyecto nacido como cuenta de Instagram que organiza encuentros con yoga, brunches y talleres. Ahora, EL ESPAÑOL puede confirmar un nuevo proyecto liderado por Olivia: Bonanza Casa Wellness.
Se trata de un centro de bienestar en Chamberí, situado en la calle de Almagro, con espacios de movimiento, meditación, breathwork, journaling, cafetería y coworking.
En concreto, Olivia está al frente de Into Barre Madrid, la metodología y el estudio de clases de barre -una forma de fitness basada en la danza- que Bonanza ofrece. Pronto el yoga se materializó en la vida de Olivia, para completarla y enriquecerla.
"De pequeña fui inquieta, nerviosa, ávida de hallar algo nuevo; por eso el yoga tuvo que llegar, para mostrarme la otra cara de la vida: la sensibilidad, la quietud, el control de cuerpo y mente", explicó hace un tiempo a Vanitatis.
Para hacer realidad su sueño, la joven ha constituido una empresa, como ha podido corroborar, en primicia, este periódico. La sociedad que está detrás de Bonanza Casa Wellness lleva por nombre Alma en calma 2026 S.L. La empresa fue constituida el pasado mes de mayo.
Olivia figura como Administradora Única. Según reza el Objeto Social de la entidad, ésta se dedica a "la prestación de servicios deportivos, tanto a nivel de práctica, como académico o de formación, así como la prestación de servicios o actividades relacionadas con terapias corporales".
Olivia se siente feliz y desarrollada con su trabajo. A su lado, incondicionalmente, están -amén de esos buenos amigos que no le sueltan la mano- sus dos pilares: su madre, Ángela, y su hermano, Javier. Era muy pequeña cuando su padre partió, pero su vida se fracturó igual.
El pasado 11 de mayo, Olivia posteó una emotiva carta dedicada a su progenitor: "He aprendido a encontrarte en lo que no se ve, en eso que pasa por dentro y no siempre sé nombrar. En una risa que me sorprende, en un gesto que no sé de dónde sale pero es tuyo".
"En cómo quiero sin haber aprendido a hacerlo de otra manera. Te reconozco en la gente que se queda, en quienes están de verdad, en quienes, sin saberlo, me devuelven algo de ti", abunda la nieta yogui de Florentino Reyzábal Larrouy.
Javier Reyzábal, hijo del expresidente de la inmobiliaria Asón, falleció en mayo de 2012. Estaba casado con Ángela Roig, hija del empresario valenciano y expresidente del Valencia CF Francisco Roig, y sobrina de Juan Roig, propietario de Mercadona.
Cuando murió, sus hijos eran menores de edad, por lo que la gestión de la herencia quedó en manos del patriarca, Florentino Reyzábal, designado albacea y contador-partidor.
La querella -aún pendiente de admisión a trámite- afirma que fue entonces cuando Florentino Reyzábal habría puesto en marcha una estrategia para "ocultar bienes y derechos" pertenecientes a su hijo Javier, especialmente aquellos situados en el extranjero.
Todo ello, con el objetivo de beneficiar a sus hijas Blanca y Mónica. La viuda de Javier, Ángela Roig, ya había iniciado años atrás un procedimiento judicial contra su suegro por un conflicto similar relacionado con activos familiares en México.
Aquel enfrentamiento terminó con un acuerdo extrajudicial que permitió aparcar las discrepancias.
Sin embargo, según el escrito presentado ahora, lejos de restablecerse la normalidad, Florentino Reyzábal y sus hijas habrían continuado con una "operatoria destinada a ocultar gran parte de sus bienes", desviándolos hacia el patrimonio de Blanca y Mónica.
Como prueba, los denunciantes aportan una agenda manuscrita atribuida a Blanca Reyzábal que, según la acusación, contendría anotaciones que evidencian la estrategia para apropiarse de determinados activos.
La defensa de Olivia y Javier sostiene que su abuelo llegó a reunir un patrimonio estimado en unos 200 millones de euros, incrementado además por las herencias recibidas tras la muerte de familiares directos sin descendencia, como su hijo Íñigo o su hermano Julián.
El apellido Reyzábal quedó asociado a algunos de los inmuebles más conocidos de Madrid. Entre ellos destacan Castellana 15, el edificio vinculado a Mutua Madrileña y la participación del 20% en Torre Picasso, hoy en manos de Amancio Ortega (90).
También tuvieron relación con los cines Palacio de la Prensa, Callao, Princesa, Luchana, Carlos III y Bilbao, espacios que durante décadas formaron parte del paisaje cultural y comercial de la ciudad.
La familia representó un modo de hacer negocios que unía suelo urbano y renta inmobiliaria. Madrid cambió con ellos, y ellos cambiaron con Madrid, al aprovechar las transformaciones de la ciudad para convertir propiedades en activos de enorme valor.
Uno de los episodios más recordados vinculados a esos inmuebles fue el de la marquesina del cine Bilbao, cuya caída en noviembre de 1995 provocó la muerte de seis personas e hirió a doce que esperaban para ver Una monja de cuidado.
Aquel suceso quedó unido para siempre a la historia pública del apellido, como una de las tragedias más dolorosas relacionadas con la familia y sus negocios.
Los Reyzábal y la muerte
En otro orden de cosas, la -maltrecha- salud siempre ha azotado con especial crueldad a la familia Reyzábal. La saga ha sufrido varios fallecimientos especialmente dolorosos a lo largo de las últimas décadas.
Entre los más recientes y mediáticos está el de Ana Reyzábal Rus, de 14 años, fallecida en 2020 en un accidente de canoa en el río Cares, un golpe que reabrió el relato de una saga muy castigada por la tragedia familiar.
A esa pérdida se suman otras muy significativas dentro del núcleo familiar: Fortunato Reyzábal, que murió a los 42 años tras un infarto durante una cacería; Eduardo Reyzábal, fallecido a los 45 años por un cáncer de laringe.
Mención aparte merece Jesús Reyzábal, muerto con 69 años; y Julián Reyzábal, fallecido a los 78 tras una larga enfermedad.
En conjunto, estos fallecimientos han alimentado la idea de una familia poderosa, pero marcada por una sucesión de pérdidas difíciles de asumir.