Llevo años estudiando cómo dormimos y tengo una mala noticia sobre la copa de vino antes de acostarte
Te dan una alegría en el trabajo y, al llegar a casa, decides abrir una botella de vino y cargarte dos copas hasta arriba como recompensa mientras preparas la cena o el tupper del día siguiente. Igual no hay nada que celebrar y lo único que buscas con ese rioja o ese albariño es enterrar un día lleno de contratiempos. O simplemente disfrutas de un buen caldo antes de acostarte. Pero si supieses que cada trago es una papeleta para que tu descanso no sea todo lo reparador que podría ser, ¿seguirías haciéndolo? “Hemos escuchado muchas historias de personas que han dejado de tomarse una copa o una cerveza antes de dormir al ver el impacto en sus cifras de sueño”, cuenta Mari Karsikas a El Confidencial. Defiende a capa y espada que eso de que “el alcohol me ayuda a descansar” es un “mito erróneo” y recuerda que "no es lo mismo dormir rápido que dormir bien”.
Karsikas sabe bien de lo que habla. Tiene un doctorado en Sistemas Inteligentes y Procesamiento de Bioseñales por la Universidad de Oulu (Finlandia) y lleva veinte años investigando sobre datos de salud y desarrollando productos tecnológicos y hospitalarios. Actualmente, ejerce como directora de ciencia de producto en Oura.
Esta empresa de origen finlandés ha mudado su cuartel general a San Francisco para estar más cerca de todo el meollo tecnológico. Hace más de una década apostó por los anillos inteligentes, en lugar de los relojes que ya fabricaban Apple y otros gigantes tecnológicos. Al principio, los idearon para medir la calidad del sueño. Empezaron a ganar algo de nombre entre el público de a pie cuando se vio al rey emérito, Juan Carlos I; o a Hansi Flick, entrenador del FC Barcelona, con ellos en la mano.
Ahora aspiran a ser en una especie de chivato todoterreno capaz de detectar cambios en el organismo, anticipar posibles problemas y ayudar a corregir hábitos antes de que sea demasiado tarde. A día de hoy han lanzado cinco generaciones de producto, facturan mil millones al año y están intentando allanar el camino para una salida a bolsa que valore la startup en 16.000 millones de dólares.
Cómo el alcohol te pasa factura
Una de las últimas cosas que hizo el equipo en el que trabaja Karsikas fue estudiar la relación entre el consumo de alcohol y las malas noches. Analizaron datos anonimizados de más de 800.000 usuarios entre enero y agosto de este año, comparando los registros de las noches en las que habían bebido con los de las inmediatamente anteriores y posteriores sin hacerlo. La duración total del sueño cae un 7,7%.
Pero no se trata solo de dormir menos, sino de lo que sucede mientras estamos en la cama. El organismo sigue trabajando para metabolizar ese vino, esa cerveza o ese gin tonic cuando, en teoría, debería estar recuperándose. La frecuencia cardiaca aumenta un 9,4%, la variabilidad de este indicador cae casi un 23% y el sueño REM, fundamental para la memoria y el procesamiento emocional, se reduce más de un 14%.
La frecuencia cardiaca se mantiene más alta porque el alcohol altera el equilibrio del sistema nervioso autónomo y desplaza su actividad hacia el sistema simpático, asociado a la respuesta de "lucha o huida". El cuerpo permanece así en un estado de mayor activación. Puedes haber pasado ocho horas entre las sábanas y, aun así, levantarte con la sensación de que te falta batería. "Incluso pequeñas cantidades de alcohol pueden tener efectos perceptibles, especialmente cuando la recuperación, el rendimiento o la salud son prioridades".
La factura del alcohol es solo un ejemplo de lo que estos dispositivos prometen sacar a la luz. Karsikas cree que los anillos que ayuda a desarrollar pueden resultar especialmente interesantes para medir el estrés. Nos han repetido hasta la saciedad que vivir estresados puede acabar pasándonos factura. Pero, a la hora de la verdad, no se mide de forma rutinaria como se hace, por ejemplo, la tensión arterial. ¿Por qué? No se atreve a dar una respuesta contundente, aunque apunta a una explicación bastante lógica. “Quizá no se ha medido simplemente porque no teníamos un dispositivo de medición adecuado”.
Aunque existiese ese aparato, es difícil dar con la tecla a partir de una toma en un momento concreto como una consulta al médico. El estrés puede variar a lo largo del día y manifestarse de diferentes maneras. “Lo importante es contar con una medición continua y longitudinal”, apunta. Lo que defiende esta experta es que ahora “gracias a una nueva generación de dispositivos de consumo” se pueden registrar esas pistas mientras trabajamos, hacemos deporte o dormimos.
El anillo no sabe si estás hasta las narices de tu trabajo, si te preocupa la hipoteca o si tienes el pulso acelerado por una discusión de pareja. Lo que mide es el estrés fisiológico, es decir, la respuesta del cuerpo ante determinadas situaciones. "Puede tener un origen mental, pero también físico", apunta Karsikas. Hacer ejercicio o estar al sol un día de 35 grados a la sombra también lo genera, aunque no tenga nada que ver con un lunes infernal.
Este tipo de wearables tampoco distingue por sí solos si ese estrés es bueno o malo. Para ayudar a interpretarlo, Oura cruza las señales fisiológicas con la actividad registrada por el usuario y otros datos de contexto. Si detecta un aumento después de hacer ejercicio, por ejemplo, puede etiquetarlo como "estrés postactividad". La aplicación también permite relacionar las mediciones con comidas, sesiones de meditación o posibles síntomas de enfermedad. La idea es que el usuario no se quede únicamente con una puntuación, sino que encuentre pistas sobre qué puede estar detrás de ella.
Los sensores con los que cuenta el anillo registran señales como la frecuencia cardiaca, su variabilidad, la temperatura y el movimiento. Estos datos ofrecen pistas sobre la actividad del sistema nervioso autónomo y el equilibrio entre sus dos ramas, la simpática, relacionada con la activación del organismo, y la parasimpática, vinculada al descanso y la recuperación.
Pero recoger señales fisiológicas es muy distinto de convertirlas en información clínicamente útil. Ahí es donde estos dispositivos pueden chocar con la medicina tradicional, aunque Karsikas cree que las reticencias van a menos. “Cada vez hay menos escepticismo entre los médicos”, asegura. Pone como ejemplo la "edad cardiovascular", una función desarrollada en colaboración con investigadores y académicos que trata de estimar la flexibilidad de los vasos sanguíneos. La firma finlandesa afirma haber participado en más de 200 estudios en universidades de todo el mundo y haber entrenado sus funciones con estándares clínicos muy estrictos, como la polisomnografía hospitalaria.
Una línea roja
Pero hay una línea que ni los anillos ni los relojes inteligentes pueden cruzar, por muy rigurosas que sean sus pruebas. Cuando uno de esos aparatos empieza a hablar de salud cardiovascular, detectar anomalías respiratorias durante la noche o predecir si vas a caer enfermo, entran en juego agencias como la FDA estadounidense o la EMA europea. “Depende de cada función, del mercado y de muchas cosas”, reconoce Karsikas al ser preguntada por ese límite invisible.
“La clave está en cómo lo comunicamos. No podemos utilizar terminología clínica o diagnóstica si no cuenta con certificado de dispositivo médico”. Dicho en cristiano, el anillo no te dirá que tienes gripe, una arritmia o una infección respiratoria. Te avisará de que tus constantes basales se han desviado y de que deberías tomártelo con calma o plantearte preguntarle a tu doctor. Es la diferencia entre un parte médico y una sugerencia de estilo de vida.
Ese equilibrio no les ha impedido dar el salto hacia la medicina predictiva. Una de las funciones más destacadas de su software es el radar de síntomas (Symptom Radar), nacido a raíz de un experimento durante la pandemia junto a la Universidad de California en San Francisco (UCSF). Los investigadores analizaron registros de usuarios enfermos y encontraron un patrón recurrente. Según la compañía, el cuerpo empieza a emitir señales de alarma “hasta dos días antes de que la persona sea consciente del primer estornudo o del primer dolor de garganta”. Pequeñas subidas de la temperatura dérmica, una bajada de la variabilidad cardiaca y un corazón que acelera el paso en reposo pueden poner al usuario sobre aviso antes de que note los primeros síntomas.
Pero toda esta batería de sensores trae consigo una trampa. La ortosomnia, esa obsesión casi enfermiza por optimizar el descanso que acaba provocando, precisamente, que durmamos peor. Si la medicina tradicional peca de llegar tarde, el usuario hiperconectado corre el riesgo de convertir el sueño en una tabla de Excel donde cualquier bajón del REM parece una catástrofe.
Karsikas rebaja el dramatismo y recuerda que no somos robots configurables. No todo el mundo está programado para tener dos horas de sueño profundo ni una variabilidad envidiable. "Sabemos que hay componentes genéticos que influyen. Puedes tener un trastorno de conducta del sueño REM o enfermedades que hagan que no puedas mejorar tu puntuación cambiando tus hábitos diarios. Pero aun así hay cosas que sí se pueden mejorar cambiando cosas de nuestro día a día”, argumenta.
Anillo o reloj inteligente
Los anillos inteligentes han sido una rara avis en la tecnología de consumo. Oura predicó en un desierto al que después se unieron otras startups como Ultrahuman o Circle. Eso sí, las firmas que han apostado decididamente por estos formatos en lugar de los relojes inteligentes se pueden contar con los dedos de una mano. Samsung y Amazfit hicieron bolos puntuales, pero, por ahora, no han tenido continuidad. Se rumorea que Apple podría estar cocinando algo, aunque de momento es terreno de la especulación.
Sus defensores esgrimen dos argumentos. El primero es la comodidad. Para medir la calidad del sueño, dicen, resulta más práctico llevar un anillo que un reloj. El segundo es la fiabilidad. "La señal que captamos en las arterias del dedo puede ser hasta cien veces más potente que la que se obtiene en la parte superior de la muñeca", suelen repetir los ingenieros de Oura, que recuerdan que los pulsioxímetros casi siempre se colocan en esa parte del cuerpo.
"La noche es como el laboratorio natural de tu cuerpo", añade en este punto Heli Koskimäki, directora sénior de Fisiología del Futuro de la compañía. Mientras dormimos, resulta más fácil observar cómo se comporta el organismo y comparar sus respuestas de una noche a otra.
¿Hasta qué punto podemos fiarnos de lo que nos diga la app? Desde la compañía afirman haber contrastado sus algoritmos con la polisomnografía, la prueba de referencia en los estudios del sueño, que registra desde la actividad cerebral hasta los movimientos oculares y la respiración. Según Koskimäki, la validación externa de la división de medicina del sueño de Harvard situó la precisión del seguimiento en el 79%, aunque el estudio publicado en la revista Sensors rebaja esa cifra al 76,3% para la clasificación de las cuatro fases del sueño; el 92% de acierto al distinguir simple sueño de vigilia queda en terreno más sólido.
El negocio, de momento, parece funcionar. La startup asegura que es rentable, que crece a buen ritmo y que ya cuenta con 5,7 millones de miembros de pago. Pero convertir un anillo en una máquina de hacer dinero también exige convencer a los inversores de que el filón no se agotará pronto. La compañía acaba de aplazar su salida a Bolsa en Nueva York, con la que pretendía captar 2.200 millones de dólares, alegando la incertidumbre del mercado. No ha fijado una nueva fecha y sostiene que puede permitirse esperar a que las condiciones sean más favorables.
La clave está en que viven de algo más que venderte el anillo. El dispositivo, que cuesta unos 500 euros, es la puerta de entrada a una suscripción mensual de alrededor de seis euros con la que la compañía interpreta los datos biométricos y añade nuevas funciones. Es un modelo atractivo porque convierte una compra puntual en ingresos recurrentes, pero exige que el usuario encuentre motivos para seguir pagando mes tras mes por algo que ya lleva puesto y que no deja de recoger información sobre su cuerpo.
La ambición va más allá de dormir mejor, detectar una mala noche o cómo el estrés te golpea a lo largo del tiempo. La compañía está ampliando sus funciones hacia la salud metabólica y el seguimiento de personas que reciben tratamientos con fármacos GLP-1. En ese terreno, la variabilidad de la frecuencia cardiaca puede aportar pistas sobre la recuperación y la carga fisiológica, pero no mide por sí sola la glucosa ni permite diagnosticar una resistencia a la insulina. Es otra muestra de hasta dónde quiere llegar Oura, aunque también de la distancia que todavía existe entre detectar patrones y demostrar qué significan clínicamente.
Hay un punto llamativo en esta materia. La compañía defiende que su modelo de suscripción le permite financiar nuevas funciones sin hacer negocio con los datos de sus usuarios, que asegura no los vende y tampoco los comparte con terceros sin permiso. La duda es cómo encaja esa promesa con su estreno bursátil, donde tendrá que convencer a los inversores, que muchas veces son partidarios de explotar esta materia prima de forma mucho más agresiva.
Ahí está el verdadero examen. La compañía aspira a que su anillo deje de ser un accesorio para dormir mejor y se convierta en una herramienta de salud preventiva que acompañe al usuario durante años. Para conseguirlo, tendrá que demostrar que sus alertas y métricas sirven para algo más que alimentar la curiosidad o la obsesión por las puntuaciones.
Te dan una alegría en el trabajo y, al llegar a casa, decides abrir una botella de vino y cargarte dos copas hasta arriba como recompensa mientras preparas la cena o el tupper del día siguiente. Igual no hay nada que celebrar y lo único que buscas con ese rioja o ese albariño es enterrar un día lleno de contratiempos. O simplemente disfrutas de un buen caldo antes de acostarte. Pero si supieses que cada trago es una papeleta para que tu descanso no sea todo lo reparador que podría ser, ¿seguirías haciéndolo? “Hemos escuchado muchas historias de personas que han dejado de tomarse una copa o una cerveza antes de dormir al ver el impacto en sus cifras de sueño”, cuenta Mari Karsikas a El Confidencial. Defiende a capa y espada que eso de que “el alcohol me ayuda a descansar” es un “mito erróneo” y recuerda que "no es lo mismo dormir rápido que dormir bien”.
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