Viaje a la remota isla escocesa de Islay y a la aún más inaccesible Jura, donde Orwell terminó ‘1984′
Cuando George Orwell llegó a la isla escocesa de Jura para aislarse del mundo en 1946, escribió en su diario: “Este es un lugar extremadamente inaccesible”. Basta con intentar llegar hasta su casa en Barnhill para comprender que no exageraba: Jura está al otro lado de Islay y, una vez en esa isla, todavía hay que seguir avanzando hacia el norte por carreteras y caminos que parecen empeñados en devolver al viajero al punto de partida. Tengamos en cuenta este dato: en Jura viven 250 personas y 5.000 ciervos. Jura es la hermana pequeña de Islay, una de las islas más narcóticas de las West Highlands escocesas (las tierras altas del oeste) y donde viven 3.000 personas que gozan del lujo medioambiental yendo a donde el viento quiera, un viento con propiedades altamente saludables, que despeja y ventila como una verdad incómoda y con el que uno acaba empatizando porque, al fin y al cabo, él también parece tener prisa por detenerse a contemplar.
Para llegar hasta estas dos islas de las Hébridas Interiores, lo primero es aterrizar en Glasgow (bendito problema), la ciudad más divertida del Reino Unido, y si hay que pasar la noche, mucho mejor, porque los bares Nice ‘N’ Sleazy y Stereo no cierran nunca.
Observando la silueta de Islay por la ventanilla de la avioneta antes del aterrizaje, uno ya intuye que lo mejor será ser presa de la isla, un grano de arena entregado al aislamiento. Islay tiene algo de territorio que se ha quedado al margen por vocación. El mar, el viento y la turba han definido el carácter de las cosas, y hasta el silencio tiene una textura particular. Es una isla de horizontes bajos, carreteras estrechas en las que más de una vez hay que echarse atrás para dejar pasar al que viene, playas que cambian de humor con la marea y pequeños pueblos donde la vida transcurre como debería transcurrir la vida en todas partes. El whisky parece estar flotando en el aire, en las bodegas y en una forma de entender el paisaje. Islay no se visita, se entra en ella para dejarse llevar.
Veamos cinco puntos fuertes para hacernos una composición de lugar y extraerle el mayor partido más allá del tópico de las destilerías y apostar por el paisaje, la fauna, el bienestar, la gastronomía y la hospitalidad local.
1. La costa de Islay desde el mar
Una manera de acercarnos a esa hospitalidad de sus gentes y de su territorio es dejar las cosas en el hotel y acudir a la localidad de Port Ellen para sumarse al recorrido en bote de tres horas con comida (inolvidable) incluida de Islay Sea Adventures. El capitán Harold nos recibe empuñando una gaita cuyos fogonazos conmovedores consiguen caldear el viento.
Desde el mar se contemplan las tres grandes destilerías del sur —Laphroaig, Lagavulin y Ardbeg— y, delante de cada una, la tripulación sirve un trago de whisky para que cada marca se fije en la memoria con el pegamento de haberla probado allí donde nace. Así continuamos hacia el Área Especial de Conservación de Islay, un espacio protegido al que solo se puede acceder para contemplarlo desde el agua. Mientras los simpáticos patrones van contando historias de la isla, su pasado y su patrimonio, recorremos la costa sudeste, entendiendo uno de sus paisajes más hermosos y también uno de los más ricos en fauna. Aquí vive una importante colonia de focas, además de delicados ciervos rojos que te miran con una pureza con la que mira un niño a su rey mago. Con un poco de suerte, durante la travesía pueden aparecer incluso águilas de cola blanca y delfines.
El momento más extraordinario llega al alcanzar las aguas tranquilas de los islotes del sudeste de Islay (South-East Islay Skerries), porque es entonces cuando empieza el festival del marisco fresco capturado prácticamente a la puerta de la mesa: del mar al plato apenas hay unos pocos kilómetros. Langosta, bocas de buey de mar, salmón ahumado y, aparte, las vieiras, que son las protagonistas. Porque es un placer ver cómo Harold las cocina a bordo, sobre una barbacoa, con mantequilla, ajo y chile. Se agradecen el pan fresco, la ensalada y las salsas caseras, pero como decoración. Comer así es la experiencia que mejor explica la isla. Ningún folleto, ningún libro, ninguna foto puede superarlo. El único problema de esta actividad puede ser el precio: 115 libras (unos 135 euros, al cambio actual)
2. Vida de isla: tartán, ‘fish and chips’, folclore, Hollywood y Port Charlotte
Con un clima tan contradictorio, en el que un amanecer soleado puede transformarse en cinco minutos en un chubasco pasajero, conviene vestirse correctamente. Se explica así que la lana y el tartán sean tan importantes y se hayan convertido en una de las señas de identidad de las Highlands. Para hacerse una idea de hasta qué punto forman parte de su cultura, merece la pena visitar Islay Woollen Mill, una fábrica con una historia estupenda: allí se diseñó y produjo el tartán utilizado en la película Braveheart. La propia fábrica conserva y comercializa la colección Braveheart y ha trabajado también para otras producciones cinematográficas. El tartán es ese tejido de líneas de distintos colores que se cruzan en ángulo recto formando una trama de cuadros y que acabó convirtiéndose en uno de los signos visuales de Escocia. El que aquí se fabrica lo hemos visto también en Rob Roy, Highlander, Harry Potter (forma parte del uniforme de Hogwarts) e incluso en Forrest Gump, aunque en esta película el tartán juega ya como estampado universal y no tanto como emblema escocés.
Al hilo de la tradición y para ver esas vestimentas, nada como una noche en el pub del Port Charlotte Hotel, en el pueblo de Port Charlotte, uno de esos rincones dulcemente extendidos frente al mar, reconocibles por sus casas blancas de dos alturas, tan bien conservadas. El local es un punto de reunión donde convergen la nostalgia y la identidad. Su fish and chips es tan interminable como irresistible. La sala tiene el encanto de los negocios eternos que abren fuera de temporada. La cerveza acompaña la llegada de los músicos, que se van sumando como si bajaran a la calle para encontrarse con sus amigos. El fiddle (violín tradicional), el acordeón, las guitarras, las mandolinas y la gaita van llenando el pub de canciones y viejas melodías de las islas, como si cada una trajera consigo un pedazo de memoria o una lágrima que se disuelve en el vaso. Cuando suena Westering Home, no hay nada ni nadie que pueda deshacer el nudo del estómago.
Esas canciones, esa música tradicional gaélica o folk, parecen creadas por la naturaleza, el viento, la lluvia, en ese mar que se lleva a la gente de aquí a probar suerte en otros mundos que difícilmente serán mejores. Y es que cuando uno se va, lo único que de verdad se lleva encima, incrustado, es la música: la canción de cuna que le cantaba su madre, las canciones que moldearon su infancia. Es la prenda mayor.
3. Excursión a Jura
Si Jura no es una isla inventada para perderse, no lo es ninguna. Lo que decíamos antes —250 vecinos rodeados por unos 5.000 ciervos— se comprueba nada más cruzar en ferri el kilómetro —apenas cinco minutos— que separa ambas islas. Bienvenidos a las montañas, las turberas, las costas solitarias y los Paps de Jura, esas tres cumbres que dominan el horizonte como una presencia casi mitológica.
Hacia el norte está Barnhill, la remota casa donde George Orwell se refugió para terminar 1984. Pero la historia del escritor británico y Jura había empezado antes. Él y su mujer, Eileen, llevaban tiempo pensando en abandonar Londres y marcharse a las Hébridas. Tanto era así que Orwell ya había iniciado las gestiones para encontrar allí una casa cuando, en marzo de 1945, Eileen murió inesperadamente durante una operación. Tenía 39 años. Orwell se quedó viudo y con Richard, el hijo que ambos habían adoptado pocos meses antes.
Un año después, David Astor, su amigo y editor del periódico The Observer, le sugirió que se marchara a Jura. La familia de Astor tenía propiedades en la isla y conocía Barnhill, una granja aislada en su extremo norte. Orwell llegó en mayo de 1946 y acabó alquilando la casa. Lo que había sido un proyecto compartido con Eileen se convirtió así en su refugio: un lugar donde alejarse de Londres, del periodismo y del ruido del mundo. En Barnhill, sin electricidad, teléfono ni vecinos a mano, encontró el aislamiento que buscaba y terminó escribiendo 1984.
Más amable es la parada en Lussa Gin, donde la ginebra se elabora con botánicos recolectados en la isla. Georgina y Claire nos enseñan su huerto, donde crecen algunos de sus ingredientes: enebro, rosas y tomillo limonero. Allí nos presentan su licor, extraordinariamente botánico, antes de mostrar su nueva creación, una ginebra homenaje a George Orwell llamada Nineteen Eighty Four, con notas de té Assam, cardamomo y rosas. El licor sirve también para hablar del escritor, que nació en la India en junio de 1903, hijo de un funcionario del Imperio británico. Con apenas un año, su madre se lo llevó a Inglaterra. Luego participó en dos guerras, experiencias que acabarían alimentando buena parte de su obra.
Cuando nos vamos, le digo a Georgina que pensamos comer en The Antlers. Su respuesta llega inmediata:
-Oohh, The Antlers... Desde que abrió, la gente de Jura está más gorda y es más pobre.
Le sobra razón. Esta bakehouse (panadería) roba el corazón hasta a la persona más evitativa con su pastrami y sus sausage rolls (rollos de salchichas). En The Antlers, la gastronomía vuelve a poner los pies en la tierra después de tantas millas de paisaje. En Jura todo parece estar desproporcionado: hay más ciervos que personas, más naturaleza que habitantes y una sensación de espacio que hace que incluso el silencio parezca perdido.
4. El imprescindible paseo al American Monument
Hay que dejar el coche en el aparcamiento de la reserva natural de The Oa, al final de la carretera que atraviesa esta península del sur de Islay. Desde allí comienza el camino hacia el American Monument, un paseo de unos treinta minutos, aunque lo razonable es hacer la ruta circular completa, de unos tres kilómetros y medio, sin ninguna prisa. Y, sobre todo, reservar otra hora para quedarse allí.
El camino es un abrazo constante de la naturaleza: la hierba, el viento del Atlántico, el salitre y esa sensación de ir dejando atrás el mundo... Hasta que aparecen los acantilados, el mar y el monumento, levantado en memoria de los soldados estadounidenses que murieron en los naufragios del Tuscania y el Otranto en 1918, que desde lejos parece suspendido sobre el océano.
Hay algo de templo en este lugar: un santuario sin techo ante el que uno acaba pidiendo deseos al mar, como quien deja una ofrenda y confía en que alguien, o algo, se encargará de ella. Y luego está el viento, que aquí parece tener permiso para hacer lo que quiera. Empuja, despeina, zarandea, te da la vuelta y te hace gritar al vacío. Un grito que mezcla la alegría y el dolor, la satisfacción de estar allí y la emoción que uno carga.
Después de este paseo solo quedan dos opciones: volver al whisky o entregarse al hotel. La primera pasa por Bowmore, una de las destilerías históricas de Islay, fundada en 1779 y una de las más antiguas de Escocia. Está a orillas del Loch Indaal y conserva uno de los elementos que mejor explican su carácter: sus almacenes de maduración, algunos de ellos situados prácticamente al nivel del mar. Aquí el whisky sigue teniendo algo de paisaje: turba, agua, sal y años de espera convertidos en una bebida.
La segunda opción es bastante más peligrosa para el presupuesto: irse al hotel, pero, en fin, tampoco todos los días se despierta uno en Islay.
5. The Machrie, un hotel convertido en galería
El hotel The Machrie está frente al Atlántico, entre dunas y junto a una playa de siete millas, pero quizás lo más sorprendente está dentro. La colección de arte, reunida y comisariada por su fundadora, Sue Nye, convierte el alojamiento en una especie de galería habitada: las obras aparecen en los pasillos, las habitaciones, el restaurante, la recepción o el gimnasio. Hay artistas escoceses como John Bellany, Pat Douthwaite, Peter Howson o Elizabeth Blackadder, junto a nombres como Tracey Emin, Antony Gormley, Peter Blake, Picasso, Miró, Dalí o Banksy. El arte forma parte de la vida cotidiana.
Y luego está el paisaje, la ubicación. The Machrie recibe también a muchos jugadores de golf, que encuentran aquí un tapete verde frente al Atlántico. Para quien disfrute dándole a una pelota con un palo y persiguiéndola después por la hierba, probablemente no se pueda pedir más. Para los demás siempre queda sentarse frente al mar. Porque las vistas de la hierba y el océano son de esas que consiguen que uno se quede un rato sin hacer absolutamente nada. Uno mira cómo el viento mueve la hierba y cómo la isla continúa con su vida. Quizá ese sea el lujo verdadero de The Machrie. Y, puestos a confesarlo todo, quizá también el único que importa, junto a la poesía, porque ante este paisaje por fuerza vuelven a la cabeza aquellos versos de Wislawa Szymborska: “Comprendo que mi tristeza no frenará la hierba. Si los tallos vacilan será sólo por el viento”.