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Thursday, 29 October 2026
Science

Anatomía de la violencia digital tras el caso Komanche: el clic que separa un comentario del linchamiento en las redes

Cualquier cosa que compartas en internet puede ser utilizada en tu contra. Basta una foto, un comentario desafortunado o incluso un retuit para que las redes sociales se conviertan en el tribunal multitudinario de un juicio sumarísimo donde todo el mundo tiene una opinión que expresar. Miles de pantallas iluminadas a la vez, cientos de notificaciones, decenas de comentarios, reproches, burlas, insultos que se multiplican: así suele recibirse una campaña de ciberacoso, no solo contra personas públicas o con muchos seguidores, también hacia ciudadanos anónimos.

Quienes más se exponen al ojo público llevan tiempo alertando de una espiral de agresividad digital que parece no dejar de crecer, como también lo hacen sus estragos en la salud mental. Actores internacionales como Tom Holland, Barry Keoghan o Selena Gómez han reconocido públicamente el impacto psicológico sufrido a causa de comentarios recibidos, también influencers como Lola Lolita, Mar Lucas o Carlos Peguer han necesitado distanciarse de las redes en momentos en los que sus notificaciones se volvieron especialmente dañinas.

Recientemente, la comunidad streamer se ha posicionado firmemente contra estas dinámicas tras la muerte del creador de contenido Komanche que, acusado de abuso sexual, recibió durante meses una violenta campaña de odio de la que alertaron algunos de sus compañeros, como Ibai Llanos. Los estudios confirman además que la peor parte se la llevan las mujeres, que se enfrentan más a determinadas agresiones como la sextorsión, los deepfakes u otros contenidos generados con IA y terminan habitando internet con menor libertad.

Del comentario al acoso

En el inicio del acoso hay, por definición académica, “una conducta proactiva injustificada, cruel y repetitiva”, señala la profesora Rosario Ortega Ruiz, catedrática de Psicología, miembro de la Academia de Psicología de España y una de las pioneras en la investigación del ciberbullying en nuestro país. Ni cualquier comentario desagradable es acoso, ni la exposición pública justifica el hostigamiento, pero todo empieza con una conducta gratuita que busca deliberadamente hacer daño.

Los agresores utilizan deliberadamente un lenguaje muy básico, equivalente a un nivel de lectura de educación primaria, con el objetivo de evitar el pensamiento crítico, manipular las emociones y facilitar la difusión masiva

El paso que separa una crítica o una opinión puntual en redes de un linchamiento no suele recorrerse de manera totalmente espontánea. “El principal mecanismo es la falsa espontaneidad. Lo que aparenta ser un estallido de indignación ciudadana suele ser, en realidad, una campaña coordinada por grupos que actúan como nano influencers (cuentas que rondan los 1.000 seguidores)”, explica Elias Said-Hung, catedrático de Ciencias Sociales en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) e investigador principal del grupo Hatemedia, un observatorio sobre el odio en Internet.

“Para garantizar que la campaña cale y se viralice, los agresores utilizan deliberadamente un lenguaje muy básico, equivalente a un nivel de lectura de educación primaria, con el objetivo de evitar el pensamiento crítico, manipular las emociones y facilitar la difusión masiva del ataque contra colectivos vulnerables”, apunta el sociólogo.

¿Mal de muchos?

¿Por qué personas que en su vida cotidiana jamás insultarían a un desconocido se unen a linchamientos virtuales? Resulta inevitable en este punto citar “la banalidad del mal” a la que se refirió Hannah Arendt para describir el funcionamiento del nazismo como consecuencia de que personas que en principio no son malvadas ni psicópatas actúen de forma irreflexiva dentro del sistema.

En el espacio digital convergen, además, tres factores destructivos que facilitan esa “desinhibición online”, según Alia González Jano, psicóloga, formadora y coordinadora del grupo Psicología en el Entorno Online de COP Madrid: “La sensación de anonimato, porque es más fácil atreverse cuando nadie nos ve; la asincronía, porque no recibimos respuestas inmediatas; y la inexistencia de lenguaje no verbal”, básico en la comunicación humana.

Todos estos ingredientes fulminan la empatía hacia la persona a la que van dirigidos los insultos o comentarios, sin olvidar que las emociones negativas se viralizan con mayor facilidad que las positivas

“Todos estos ingredientes fulminan la empatía hacia la persona a la que van dirigidos los insultos o comentarios, sin olvidar que las emociones negativas se viralizan con mayor facilidad que las positivas”, expone la psicóloga.

A esta desconexión empática con frecuencia se suman la deshumanización y la construcción de un enemigo común. Ya sea un creador de contenido, un político o un ciudadano anónimo, el proceso pasa por convertir a la persona en el símbolo de un colectivo entero al que se quiere atacar.

“Por ejemplo, cuando se ataca a mujeres con cargos públicos, rara vez se debate su gestión, se recurre al insulto sexista sistemático y a la desacreditación intelectual, porque el objetivo no es solo anular a esa mujer en concreto, sino lanzar un mensaje silenciador y ejemplarizante a todas las demás”, argumenta Elias Said-Hung.

El sociólogo defiende también que existe “una falsa percepción de multitud” impulsada por usuarios hiperactivos con gran capacidad de difusión y “cuentas kamikaze, perfiles extremadamente radicalizados que asumen el riesgo de lanzar ataques muy violentos para crear una ilusión de consenso”.

La inmensa mayoría de los ataques se camuflan como odio de ‘baja intensidad’, una violencia simbólica que las plataformas no suelen borrar pero que normaliza el prejuicio en el día a día

“La clave de que esta dinámica persista es que la inmensa mayoría de los ataques se camuflan como odio de ‘baja intensidad’, es decir, falta de civismo o insultos cotidianos, una violencia simbólica que las plataformas no suelen borrar, pero que normaliza el prejuicio en el día a día”, asegura Said-Hung.

Dónde cae la responsabilidad

“Las propias redes sociales cuyo algoritmo no conocemos sesgan el movimiento de la comunicación en la red, es decir, su algoritmo estimula respuestas que hacen que se continúe esa agresión”, afirma la profesora Rosario Ortega Ruiz, que cree que este funcionamiento y su consumo impulsivo favorecen también otros fenómenos como los bulos o el robo de identidad.

“El algoritmo está pensado para que yo vea algo que me interese porque, por ejemplo, es terrible o es tan mentira que no me pueda reprimir y tenga que contestar y así vaya escalando la espiral de violencia. ¿Esto a quién interesa? A quien diseña el algoritmo”, reflexiona la investigadora.

Frente a la idea extendida de que internet es un territorio sin ley, Borja Adsuara, abogado especializado en derecho digital, recuerda que el ordenamiento jurídico dispone de herramientas para perseguir el hostigamiento digital, aunque con frecuencia tropiece con cuellos de botella operativos.

Leyes tenemos a patadas, lo que hay que hacer es aplicarlas y para aplicarlas se necesitan medios

“Las plataformas están obligadas a actuar con diligencia en cuanto tienen conocimiento efectivo de que hay un contenido o una actividad ilícita, según el Reglamento Europeo de Servicios Digitales”, asegura. También la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) dispone de un canal prioritario para solicitar la retirada urgente de contenidos sexuales o violentos.

“Leyes tenemos a patadas, lo que hay que hacer es aplicarlas y para aplicarlas se necesitan medios. Por ejemplo, el Reglamento Europeo de Servicios Digitales está en vigor desde febrero de 2024, pero en España todavía no se le han dado las competencias a la CNMC, que es la autoridad supervisora de su aplicación”, reivindica el abogado, que insta a denunciar por un lado, la cuenta y el contenido ante la propia red social para que se retire de inmediato; y por otro, en comisaría con un informe pericial para formalizar la denuncia penal.

“Esas cuentas no son tan anónimas como creen, son en realidad pseudónimos, porque el administrador de la plataforma sabe perfectamente quién está detrás de la IP que identifica al dispositivo que se conecta”, subraya Adsuara. “Por lo que pueden perseguirse, identificarse, juzgarse y condenarse”, resume el abogado.

Estamos ante un fenómeno 24/7, en cualquier momento la víctima puede recibir un insulto, una humillación o un mensaje ofensivo a través de redes sociales o servicios de mensajería

Cuando el ciberacoso se desata, las consecuencias psicológicas son demoledoras. “Estamos ante un fenómeno 24/7, 24 horas los siete días de la semana, lo que quiere decir que en cualquier momento la víctima puede recibir un insulto, una humillación o un mensaje ofensivo a través de redes sociales o servicios de mensajería”, destaca Alia González Jano, por lo que la víctima no encuentra refugio ni en su propio hogar, a diferencia del acoso presencial.

“Las consecuencias suelen ser estados de hipervigilancia, ansiedad generalizada, posibles cuadros de estrés postraumático, depresión e ideas suicidas si el malestar persiste, afecta al funcionamiento cotidiano o aparece desesperanza”, enumera la psicóloga, que recomienda buscar ayuda profesional y valorar con seriedad y urgencia estos síntomas.

La evidencia clínica confirma que el linchamiento digital actúa como un detonante de enorme violencia psicológica capaz de dinamitar la resistencia emocional de una persona. En el ámbito jurídico, esta dinámica multitudinaria recibe el nombre de “ataque en enjambre” y a esa metáfora recurre Adsuara: “Si una avispa te pica, te escuece; pero si te pican 1.000 avispas a la vez, te matan”.

Abandonar la complicidad

El artículo 172 ter del Código Penal tipifica el acoso insistente y reiterado en interacciones individuales, pero la Fiscalía General del Estado considera que también puede aplicarse al acoso en enjambre. Además, en casos donde se difunden imágenes o vídeos íntimos sin consentimiento, el experto distingue la conducta delictiva de compartir la imagen sin permiso y la conducta delictiva de quienes ayudan a difundirla añadiendo comentarios vejatorios. Un simple me gusta difícilmente acarrea consecuencias legales, pero compartir o comentar activamente contenido ilícito sí puede generar responsabilidad civil.

“En las formaciones siempre clasifico los contenidos de Internet como los colores de un semáforo. En el color verde estarían aquellos contenidos didácticos y constructivos, en el rojo aquellos contenidos que claramente son violentos o inapropiados y en el ámbar aquellos contenidos que exigen unos segundos de pensamiento crítico, como podría ser un meme o un sticker de un compañero que, aunque pretenda ser gracioso, intenta ridiculizarlo. Estos contenidos no deberíamos compartirlos nunca, debería ser una parte de la cibereducación imprescindible desde la infancia”, defiende González Jano.

Los expertos coinciden en la falta de educación, prevención y ética digital, así como en que interrumpir la espiral del odio pasa abandonar la pasividad y convertirse en upstander o defensor activo. Para la psicóloga, “esto implica no dar like, no comentar, abandonar grupos de mensajería donde se perpetre acoso e intervenir publicando comentarios de apoyo positivo hacia la persona hostigada para romper la sensación de consenso violento”. Cada vez que abrimos una aplicación formamos parte de un ecosistema donde la frontera entre el espectador y el agresor es sumamente delgada. Romper la cadena del odio está en el poder individual, al alcance de un solo clic que decidimos no hacer.

En España, el teléfono de atención a la conducta suicida es la línea 024. Este teléfono es un servicio de alcance nacional, gratuito y confidencial. Tanto el número como el chat en línea están disponibles las 24 horas del día, los 365 días del año.

Originally reported by elDiario.es.