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Friday, 09 October 2026
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El nuevo Museo Goya resucita las obsesiones del maestro de la psicología humana en Zaragoza

Francisco de Goya y Lucientes observó a sus contemporáneos con la frialdad minuciosa de un forense y la agudeza impasible de un cronista de sucesos. Podía detenerse en los encajes de seda de una duquesa o en el brillo vanidoso de un uniforme militar, para luego deslizar el pincel hacia la estupidez de la superstición o la mirada extraviada de un loco. Dos siglos después de su muerte en el exilio de Burdeos, esa obsesión por descifrar la verdad oculta de los hombres es la que sostiene la remodelación integral del Museo Goya en Zaragoza.

La Fundación Ibercaja ha dado por terminada la metamorfosis de su sede para celebrar sus 150 años. Tras la reforma firmada por el estudio Sebastián Arquitectos, la casona renacentista de la Casa de Jerónimo Cósida ahora se expande hasta rozar los 4.700 metros cuadrados.

El cambio es evidente antes de cruzar el umbral. El acceso principal del Museo Goya se traslada a la calle Santiago, en las inmediaciones de la Plaza del Pilar. Una fachada adintelada de piedra, construida con bloques de tres metros, reproduce fragmentos de las series de grabados de Goya junto al frío resplandor de una gran pantalla. En las entrañas del edificio del siglo XVI, los martillos han sacado a la luz la galería superior de arquillos, devolviendo al inmueble su traza histórica. La intervención se ha completado con una terraza panorámica con vistas a la Basílica del Pilar y una sala de exposiciones temporales de 315 metros cuadrados construida a doble altura.

La exposición que estrena este espacio es, precisamente, Solo Goya. El arte de ver, abierta al público hasta el 10 de enero de 2027. La muestra, que reúne medio centenar de obras maestras prestadas por instituciones como el Museo del Prado, Patrimonio Nacional, los Uffizi, la National Gallery o el Thyssen-Bornemisza, renuncia al clásico orden cronológico para centrarse en la pura obsesión visual del pintor aragonés.

La primera parte del recorrido, Las luces y las sombras, enfrenta la juventud luminosa de los primeros encargos con la vejez más amarga. De un lado cuelgan escenas cortesanas como El quitasol, El albañil herido o La merienda; del otro irrumpe la violencia seca de Caníbales preparando a sus víctimas.

Destinado a decorar el comedor de los Príncipes de Asturias (el futuro Carlos IV y María Luisa de Parma) en el Palacio del Pardo, El quitasol muestra una escena idílica del costumbrismo madrileño en la que una joven madrileña descansa con un perrito en el regazo, mientras un joven la protege del sol con un quitasol de tela verde. Goya no solo proyecta la sombra del quitasol sobre el rostro de la mujer, sino que capta la luz filtrada a través de la tela, iluminando su tez de manera indirecta con tonos dorados, grises y azulados con una sofisticación inédita para aquella época.

La segunda, El poder del retrato, reúne una galería implacable de las vanidades de la época. Frente al visitante desfilan aristócratas, clérigos, militares y burgueses retratados con sus contradicciones: La Duquesa de Alba de 1795, La Tirana, María Teresa de Vallabriga a caballo y Amalia Bonells de Costa, flanqueadas por los retratos del general Nicolas Philippe Guye, el empresario don Antonio Raimundo Ibáñez o el erudito inquisidor don Juan Antonio Llorente.

Antes de Goya, los pintores de corte (como Velázquez o Rigaud) idealizaban a sus clientes o los dotaban de una dignidad majestuosa. El artista aragonés, sin embargo, acabó con esta costumbre sin romper la etiqueta: pintaba la ropa con un lujo deslumbrante, pero dejaba los rostros tal cual eran en su fuero interno desnundando su psicología sin ningún remordimiento. Tras ver La familia de Carlos IV, el poeta y crítico de arte Théophile Gautier llegó a decir que la familia real parecía "el charcutero de la esquina y su esposa tras haber ganado la lotería". Goya captó la expresión simplona del rey, la mirada dominante e intrigante de la reina María Luisa y la vacuidad de los infantes.

En Los lazos del afecto, la estancia más íntima, el pintor baja la guardia para retratar a quienes quiso. Allí descansan el revelador Autorretrato en el taller, la conmovedora y grotesca figura de El tío Paquete, la efigie del tenor Pedro Mocarte y los rostros cansados de sus consuegros, Martín Miguel de Goicoechea y Juana Galarza de Goicoechea.

Lejos del ajetreo de la sala temporal, la colección permanente también ha sido restaurada. Esta parte del itinerario recorre desde los maestros anteriores a Goya hasta la sala de estampas con sus Copias de Velázquez y los bocetos de Francisco Bayeu. A esos fondos se suma una rareza: trece tablas y una caja de campo portátil de madera —con su paleta y sus pequeños estudios al óleo del natural en el interior— firmadas por Joaquín Sorolla, junto a la escultura contemporánea El sueño de Goya, del cubano Roberto Fabelo.

Más allá del lienzo, la propuesta del nuevo museo incluye un apartado audiovisual. En otra nave se proyecta la película Goya, el gran observador, así como el cortometraje Como si hubiese pintado el futuro, inspirado en los escritos del crítico John Berger. Asimismo, hay pantallas táctiles para examinar los trazos y bocetos que el óleo ocultó bajo la pintura y gafas de realidad virtual que permiten al visitante flotar a escasos centímetros de los frescos pintados en las cúpulas de la Basílica del Pilar, la Cartuja del Aula Dei o San Antonio de la Florida.

Por último, la trastienda del museo alberga el nuevo Centro de Estudios Francisco de Goya, un espacio que reúne más de 1.400 volúmenes y fondos documentales procedentes de los legados de Federico Torralba, José Camón Aznar, Pérez Serrano y la Real Academia de San Luis, convirtiendo la casona de la calle Santiago en un laboratorio desde el que seguir descifrando a un hombre que se negó a cerrar los ojos.

Originally reported by El Confidencial.