Daily Times
Friday, 09 October 2026
Entertainment

‘El precio de la red’: el remedio perfecto contra la adicción

Opinión

‘El precio de la red’: el remedio perfecto contra la adicción

No hay mal que por bien no venga. El estreno de El precio de la red, publicitada al fin y al cabo por sus productores como “pieza complementaria” y “secuela temática” de La red social (2010), nos permite poner en valor el filme original de David Fincher estrenado hace 16 años. La red social recurría a la creación de Facebook entre 2003 y 2004 por Mark Zuckerberg y las disputas legales con sus exsocios que desembocaron en su control absoluto sobre la empresa en 2009, para trazar un retrato individual y generacional demoledor; en particular, sobre masculinidades incapaces de mantener relaciones humanas presenciales y, por ello, volcadas en la tecnología, la economía y la hipertransparencia virtual, lo que les ha procurado con el tiempo una forma inédita —y polémica— de validación social e influencia política.

Es decir, La red social partía de hechos reales y una personalidad concreta para radiografiar una época y unas tipologías del ser humano que, pese al tiempo transcurrido, mantienen su pertinencia. Como explicaba Fincher, “La red social versa sobre características humanas universales, como la ambición. No va de una página web. En realidad, la película no trata para nada de Facebook”. Aquí conviene apuntar que el guion de La red social era obra de Aaron Sorkin, que también ha guionizado y dirige El precio de la red. Pero Fincher aplicó a la escritura de Sorkin un juego de amplificaciones y distorsiones audiovisuales, un efecto de realidad aumentada deudora de la extraordinaria calidad de los aspectos técnicos y artísticos del filme, que otorgó a las imágenes una profundidad inesperada.

Todo hay que decirlo, pese a que Sorkin ya delataba por entonces la tendencia a reducir sus guiones a intercambios abusivos de información wikipédica en boca de marionetas de la dramaturgia, aún quedaba mucho en él de ese escritor que había deslumbrado a propios y extraños con Algunos hombres buenos (1992), El presidente y Miss Wade (1995) y la serie El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006); producciones en las que Sorkin recogió el testigo de los guionistas más agudos del Hollywood clásico para hacer de la palabra el motor de los relatos a golpe de réplicas, interrupciones y contrarréplicas veloces entre los actores; el idealismo político de muchos de sus protagonistas, enfrentado al cinismo brillante de sus opositores; y su habilidad para la evolución de los diálogos en espacios cerrados. En resumidas cuentas, La red social constituyó el encuentro afortunado de un guionista todavía en buena forma con uno de los mejores directores del cine comercial estadounidense de los últimos treinta años.

Ya hemos comentado en otras ocasiones que la degradación (no solo) de dicho cine ha sido innegable de unos años a esta parte, por razones en las que no cabe entrar en esta crítica. La literalidad, la primacía de los factores ideológicos sobre el interés por nuestra naturaleza, la falta de organicidad de la ficción, y una caída en picado de los estándares técnicos hasta en las producciones más costosas, es evidente en títulos como El precio de la red, que, como decíamos, resulta inmejorable a la hora de establecer comparaciones dolorosas al ser un artefacto derivado de La red social, como ponen de manifiesto las presencias de Sorkin y el director de fotografía Jeff Cronenweth y hasta el cartel anunciador de la película, además por supuesto de su tema, de nuevo Mark Zuckerberg y Facebook, aunque desde un punto de vista diferente.

En El precio de la red, Sorkin recrea la investigación que llevó a cabo entre 2019 y 2021 el periodista del Wall Street JournalJeff Horwitz (interpretado por Jeremy Allen White) con la ayuda de una ingeniera de datos al servicio de la empresa, Frances Haugen (Mikey Madison), para desvelar cómo Facebook favorecía —y favorece— deliberadamente en sus algoritmos la polarización política, la desinformación y la manipulación de las actividades de sus usuarios, a fin de incrementar su consumo de la red social. Más allá de que la filiación política de Sorkin, demócrata confeso, le impulsa a centrar sus críticas a Facebook en todo aquello que estigmatiza al votante republicano medio —véase el ridículo arco argumental que hace de la angelical progresista Kayleigh (Portia Doubleday) una furibunda asaltante al Capitolio por culpa del laissez faire algorítmico de Zuckerberg—, lo cierto es que el desarrollo de las pesquisas de Horwitz, su relación de creciente confianza con Frances y, en paralelo, la descripción de Zuckerberg (Jeremy Strong) como dictador reacio a adoptar medidas éticas que menoscaben el crecimiento de Facebook y nuestra adicción al doomscrolling, hace aguas por todas partes a un nivel estrictamente cinematográfico.

No hay en ‘El precio de la red’ pulsión vital alguna; ni erótica, ni existencial, ni metafísica, ni de ningún otro tipo. Es un reportaje de ficción en el cual cabezas parlantes declaman impertérritas centenares de datos periodísticos y cifras estadísticas

Prueba palpable de ello es la grotesca encarnación por Jeremy Strong de Zuckerberg, convertido en un teleñeco, aunque tampoco salen bien librados de la nula elaboración de sus personajes —presos sin importar su carácter de la retórica Sorkin— el estólido Jeremy Allen White y la pizpireta Mickey Madison, sobre quien recae la responsabilidad incómoda de aportar un erotismo vergonzante a buena parte de sus apariciones. Por lo demás, no hay en El precio de la red pulsión vital alguna; ni erótica, ni existencial, ni metafísica, ni de ningún otro tipo. Es un reportaje de ficción en el cual cabezas parlantes declaman impertérritas centenares de datos periodísticos y cifras estadísticas, siempre sin moverse de su posición ni compartir espacio con sus interlocutores, y sobreexpuestos por una fotografía de Jeff Cronenweth que ha sustituido los claroscuros de La red social, los sobreentendidos y las ambigüedades lumínicas, por una paleta neutra que permite leerlo todo sin que nada interese.

En este sentido, Sorkin renuncia por completo a una de sus señas de identidad pasadas, el caminar de los personajes mientras hablan o discuten para aligerar el peso de los diálogos, y lleva al extremo su pulsión menos a dirigir —no hay ni una sola idea de puesta en escena en dos horas de metraje— que a montar: el aluvión de cartelas informativas y planos/contraplanos es tan monótono que imposibilita fijar nuestra atención en lo que sucede pasados unos minutos. El precio de la red es una denuncia de la adicción que causan las pantallas, filmada por alguien que parece haber hecho todo lo posible para protestar contra ello a base de hacer que mirar y escuchar su película resulte un suplicio.

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Originally reported by El Salto.