La isla antigua, inhóspita y salvadora del teatro
¿Sabes esos momentos en los que estás tan absolutamente harto de la sociedad, de los problemas cotidianos, de la gente y de ti mismo, que te irías a una isla desierta?
Esta es la premisa visceral, humana y universal de Bouvetøya, una pieza escrita por Ivan Benet, Cristina Genebat, Julio Manrique y Sergi Pompermayer. La obra nació en el marco del festival Temporada Alta en 2020, en plena crisis del COVID-19, pero, ahora, se ha reescrito y se ha actualizado para ser estrenada en el Teatre Lliure con motivo de su 50.º aniversario.
Bouvetøya nos sitúa en un futuro no muy lejano, en el año 2030, justo después de haber superado una segunda gran crisis. Se nos presenta una realidad distópica caracterizada por un gran control social tras la llegada al poder de partidos de corte autoritario (cuya ideología precisa no se detalla, pero de los cuales sufrimos las consecuencias directas).
A raíz de esta segunda pandemia y del auge totalitario, el sector cultural ha quedado mutilado: los teatros han sido clausurados y muchos no han vuelto a abrir. En este escenario, un grupo de profesionales de las artes escénicas intenta resistir como puede en los márgenes de una sociedad anestesiada.
La deconstrucción de la autoficción
El principal acierto de la propuesta es que juega con la tendencia actual de la autoficción para, acto seguido, deconstruirla por completo. La obra comienza utilizando las convenciones de la autoficción: los intérpretes se presentan en escena llamándose por sus propios nombres, aludiendo a personas reales de su entorno y demostrando la amistad y el afecto que tienen tras tantos años compartiendo tablas.
Esta cercanía genera un pacto de verdad con el público. Pero lo brillante es que la obra coge todos estos mecanismos de la autoficción y los introduce dentro de una historia de ficción pura, en un cuento precioso y teatralizado.
La autoficción funciona como un ancla a tierra firme. Nos hace conectar continuamente con la verdad física y emocional de los actores para que el espectador ponga "los pies en el suelo" mientras la trama que nos cuentan se va tiñendo de mitología, poesía y magia.
Una historia contada desde la quietud
La puesta en escena es sorprendente: apuesta por la típica desnudez de la autoficción para presentar un espacio natural y que se reduce a la mínima expresión (apenas una mesa y unas sillas). Lo más impactante de la dirección escénica es que, durante más de la mitad de la obra, los actores y actrices permanecen quietos en sus asientos.
Si no te detienes a analizarlo como espectador, apenas te das cuenta porque la representación te atrapa. Los intérpretes construyen y personifican las escenas sin moverse del sitio, un estilo que me recordó mucho a la figura clásica del cuentacuentos. Toda la acción dramática descansa sobre la palabra, el ritmo de la interpretación y la proyección mental de las imágenes.
El elenco formado por Mireia Aixalà, Damien Bazin, Ivan Benet, Cristina Genebat, Xavier Ricart, Marc Rodríguez y Andrew Tarbet encarna a un grupo de colegas de profesión que, de repente, deciden emprender una aventura que, desde fuera, puede parecer irracional, pero que, en el fondo, todos conectamos con ella: la necesidad de ir a buscar una isla remota que será nuestra salvación.
El trabajo de Marc Rodríguez destaca por su comicidad, naturalidad y frescura. Interpreta a un personaje cercano que consigue relajar la atmósfera y dotarle un toque de realidad. Su personaje es el que aporta el contrapunto terrenal, cercano y con humor que oxigena la densidad de las metáforas más poéticas.
El mapa de los sueños
La primera parte de Bouvetøya muestra el contexto social de asfixia y la acumulación de cansancio que viven los protagonistas. Vemos cómo cada uno de los amigos, de forma paulatina, se va dejando convencer para emprender una travesía hacia un destino absurdo: la isla más remota e inaccesible del planeta, un pedazo de hielo flotante en mitad del océano Antártico.
La isla se describe como un territorio helado, inhóspito, pequeño e insignificante a primera vista, pero que cuenta con una memoria ancestral y llena de misterio. La travesía hacia esa isla se convierte en un viaje hacia la materia de la que están hechos los sueños. La isla está rodeada de penumbra y de niebla, lo que le da una atmósfera de ensoñación que se mueve en el límite entre lo real y lo irreal.
No van simplemente a un punto geográfico: van a visitar el mundo de los sueños estando dentro del mundo de los vivos y de los despiertos. Emprender esa travesía implica romper la frontera entre lo soñado y lo real, para dar con en ese espacio mágico y misterioso y, así, poder conectar con ellos mismos y recuperar la fe en quiénes son y en lo que hacen.
Un canto de amor al teatro
En el final, marcado por una noche irreal, soñada, imposible y posible a la vez, el grupo consigue romper las barreras de la realidad y subir al punto más alto de la isla. Después, emprenden el camino de vuelta. Resulta muy inteligente que la obra evite una resolución triunfalista o extasiada: los personajes no vuelven transformados ni milagrosamente salvados; regresan, simplemente, en paz.
Al volver a su realidad, deciden enterrar físicamente una cápsula del tiempo para las generaciones futuras en el corazón de su propia isla antigua, solitaria, pequeña e inhóspita. Y es en ese instante cuando la metáfora cobra todo su sentido: esa isla remota no es otra cosa que el teatro.
Todo este viaje no ha sido más que una preciosa declaración de amor al teatro. Nos recuerda la necesidad del teatro como espacio de salvación, como esa parcela reducida donde aún podemos respirar, compartir momentos de verdad y reencontrarnos.
El teatro como esa isla desierta, antigua y sagrada a la que siempre podremos acudir cuando todo lo demás a nuestro alrededor se desmorona.