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Monday, 26 October 2026
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La verdadera razón por la que debemos dejar de pedir optimismo a un enfermo | El Correo

Enfermar es doloroso. Duele el cuerpo, claro, pero también la vida que se ve interrumpida, sobre todo si se trata de una dolencia seria: nos ... encontramos con los planes aplazados, la autonomía que se reduce, la incertidumbre sobre el futuro y la necesidad de depender de otras personas.

Al padecimiento biológico inevitable se suma, con frecuencia, otro sufrimiento, el anímico, que se puede manifestar en forma de miedo, ansiedad, tristeza... puede que hasta culpabilidad. O todo ello a la vez. Estos sentimientos no agravan la enfermedad, pero pueden hacerla sentir más pesada, más difícil de sobrellevar. ¿Hay alguna manera de lidiar con ello?

«El sufrimiento asociado a una enfermedad no depende únicamente de los síntomas físicos, sino también de cómo la persona interpreta y vive lo que le está ocurriendo», explica la psicóloga Miriam González Pablo, especializada en trauma, emergencias y atención a víctimas.

«Cuando aparecen emociones como el miedo, la ansiedad, la incertidumbre o la desesperanza, es frecuente que aumente la sensación subjetiva de malestar. El cerebro entra en un estado de alerta que amplifica la percepción de amenaza y, con ello, la experiencia de dolor y sufrimiento», añade.

La tristeza o la frustración no deben entenderse como un obstáculo que eliminar cuanto antes, aconsejan los expertos

Manuel Oliva Real, psicólogo clínico en Center Psicología Clínica, lo describe con una imagen sencilla: las emociones negativas funcionan como un «amplificador de los sentidos». Cuando estamos asustados o desanimados, prestamos más atención a las señales del cuerpo; una molestia que antes pasaría desapercibida se convierte en motivo de preocupación, y esa vigilancia constante incrementa la sensación de malestar.

«La sensibilidad al dolor aumenta en estados emocionales alterados», señala Oliva. «Las emociones negativas pueden actuar como filtro para que la interpretación y el valor de los síntomas se tornen más pesimistas». Así se forma un círculo difícil de romper: el síntoma preocupa, la preocupación tensa el cuerpo y esa tensión hace que el síntoma se perciba con más intensidad. ¿Cómo respondemos ante estas situaciones?

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Es un «duelo»

Hay un aspecto que a menudo se olvida: enfermar implica perder cosas. A veces de forma temporal; otras, de manera definitiva. «La enfermedad no solo afecta al cuerpo; con frecuencia también implica un proceso de duelo», explica González. «La persona se enfrenta a la pérdida, temporal o permanente, de aspectos importantes de su vida: la salud que daba por sentada, la autonomía, determinadas capacidades físicas o cognitivas, proyectos de futuro e incluso parte de la imagen que tenía de sí misma».

Por eso la tristeza o la frustración no deben entenderse como un obstáculo que eliminar cuanto antes, sino como parte de un proceso de adaptación. No se trata «únicamente de adaptarse a unos síntomas, sino de reconstruir el equilibrio psicológico ante una realidad que ha cambiado», añade González.

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No es 'cuestión de actitud'

En este contexto, la exigencia social derivada de toda una cultura relacionada con el 'pensamiento positivo' –el hay que mantener el optimismo a toda costa– resulta dañina. Para Manuel Oliva, «los mensajes del tipo de 'anímate', 'sé positivo', 'tienes que cambiar la actitud' son contraproducentes. Si fuese tan sencillo, ya lo hubiese hecho la persona enferma por sí misma».

«No es una cuestión de 'poner actitud' o de pensar en positivo. Esa explicación simplifica en exceso algo mucho más complejo, y además, puede resultar injusta para quien está atravesando una enfermedad», aporta González. El entorno no debe presionar al paciente, puesto que «cuando una persona está enferma necesita sentirse comprendida, no corregida emocionalmente».

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Habla y respira

¿Cuál es entonces el abordaje adecuado desde la psicología? Oliva destaca que «la posibilidad de expresar la emoción es un primer paso para poder reducir el sufrimiento», acompañado de técnicas como el 'mindfulness', la relajación, la terapia de aceptación y el control de la incertidumbre. Asimismo, remarca la importancia de «no reforzar el rol de enfermo. La persona no es una enfermedad, sino que la padece».

«Acompañar no consiste en quitar el dolor, sino en ayudar a que la persona no tenga que cargar con él en soledad», subraya González. «Desde la psicología trabajamos para que la persona no solo afronte la enfermedad, sino para que esta no ocupe toda su identidad: una persona puede estar enferma sin dejar de ser madre, padre, profesional, amigo o alguien con proyectos, valores y capacidad de encontrar sentido en medio de la adversidad», concluye.

Aceptar la realidad de un diagnóstico sin añadir culpa ni juzgar las propias emociones negativas es el primer paso para desactivar un sufrimiento innecesario. Al validar el dolor emocional, ofrecer una escucha empática y aplicar recursos psicológicos basados en la evidencia, tanto pacientes como acompañantes pueden transformar la manera de convivir con la enfermedad.

La clave no reside en ignorar el malestar con una sonrisa forzada, sino en aprender a transitar la adversidad sintiéndose sostenido, manteniendo la propia identidad y centrándose en aquello que sí está bajo control.

Originally reported by El Correo.