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Sunday, 18 October 2026
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MADRID / Batsheva: los valores redentores de la buena danza - Scherzo

MADRID / Batsheva: los valores redentores de la buena danza

Madrid. Teatros del Canal. 15-17-X-2026. Batsheva Dance Company. Directora artística: Lior Avizoor. Coreógrafo: Ohad Naharin. Músicas de Gavin Bryars, Johnathan Oppenheim, Angelo Baladamenti, David Darling y otros. Luces: Avi Yona Bueno. Vestuario: Ariel Cohen. Sadeh21.

Constantemente lo cotidiano se expresa, circula, sucede y nos da lecciones en los más variados aspectos. De algunos aprendemos, de otros nos resistimos. La compleja dinámica de la vida contemporánea sitúa al artista ante dilemas que debe resolver tanto mediante su obra (y a través de ella) como frente el entorno cívico que lo acoge. La visita a los Teatros del Canal de la compañía de danza Batsheva de Israel ponía de manifiesto una cara más del inmenso drama y la tensión en que hoy día vivimos todos, no pudiendo eludir que se mencione en primer lugar el genocidio practicado por Netanyahu y sus huestes militares sobre Gaza y el pueblo palestino, sin olvidarnos de otros focos álgidos de la misma situación como Jerusalén este, Cisjordania, el drama diario del cruce de Rafah; la franja es el epicentro de algo terrible, pero mucho mayor en extensión y en consecuencias.

La compañía de danza contemporánea Batsheva, y es importante precisarlo, está subvencionada por el estado israelí, pero es una organización privada sin ánimo de lucro (bastante similar legislativamente a la figura del mismo nombre de uso habitual en España). No puede decirse que Batsheva esté “financiada” por el estado. Aquí los términos son importantes, y bailarines, coreógrafos y ensemble artístico, deben defenderse y han explicado por qué no rechazan la ayuda de dinero público. El posicionamiento de Ohad Naharin, su coreógrafo principal y sostenedor estético, está muy claro desde hace años; sus “no a la guerra” le han traído conflictos y ha perdido ayudas. Batsheva, todos ellos, han tomado la honesta decisión de seguir adelante, aguantar el chaparrón y el sambenito de genocidas, que no es justo aplicarles. Pueden discutirse muchas cosas y matices, pero no estigmatizar a unos artistas honestos y luchadores y colocarlos del lado equivocado simplemente por simplificación.

Acceder anteanoche a los Teatros del Canal fue fatigoso, atravesando una manifestación de la que se entiende casi todo: el enfado, la petición de justicia, el detener la guerra y el genocidio sobre el pueblo palestino y se piensa: ojalá el arte tenga todavía algo que decir y, entre nosotros, algún papel aglutinador, alguna misión redentora y trascendente, porque el espectáculo de Batsheva, potencialmente, lo podría hacer por su grandeza artística, sus calidades y su entrega vibrante al espectador a través de una danza llena de significados donde están presentes la reconciliación, el alegato humanista de la conciencia del grupo y el rescate del débil, la búsqueda de un entendimiento que no nos sacrifique, sino que nos eleve en concordia. Es verdad que el final del ballet tiene un altísimo vuelo poético y una gestualidad, una acción colectiva desde lo individual, que puede ser entendida como la gran decepción, el camino agotado, la inevitabilidad de abandonar, la derrota del arte que lo intentó todo y fracasó. Naharin a menudo juega a plantear estos dilemas.

Pero antes, en un secuenciado de exposición in crescendo típico de su estilo, Naharin explora la exposición de los bailarines a secos y cortantes solos, como un largo prólogo sinfónico que va armando y ampliándose en el fresco total que se convierte a partir del Sadeh19 en una respuesta acelerada, en tono de urgencia. Hay tres cuadros especialmente ideados sobre esta lírica, tan conmovedores como clarificadores: el corro que se arma progresivamente con las incorporaciones que parecen susurrar: “Aquí estoy, y estoy preparado para seguirte”; después, siete u ocho hombres lazados por los hombros a la manera de las danzas griegas (y de tantos otros bailes de tradiciones populares orientales), en línea y a compás, refigurando imágenes colectivas de cohesión. Para, finalmente, encontrarnos con la desbordante epifanía del salto al vacío, un estrambote que nos golpea y pone serios. Sólo la madurez y la conciencia de un estilo que es la vez rico y económico de usos corporales como el que posee y usufructúa Naharin, puede lanzarse a esta impactante escena final. ¿Se salta al futuro o a la nada? ¿Se busca escapar o llegar adónde?

La obra nos prepara para esto, y crece paulatinamente en intensidades diversas donde todos los contactos no son amables ni al parecer, persiguen una representación armónica. La discordancia es una forma de armonía vista del revés. Pensemos eso cuando, en el Sadeh19 y en adelante, se abre simultáneamente en todos los artistas una espita que consuena entre la tensión física extremándose y una anhelante respiración, esa sensación tan humana de respirar hondo ante la indefensión y la inevitabilidad. Mientras ocho bailarines representan ese bloque rítmico unitario, en el suelo, una bailarina se debate consigo misma o su fantasma, convulsiona, es un soliloquio físico en el suelo.

Es dramático ver este espectáculo sabiendo lo que pasa alrededor, pero hay que verlo, asimilar su belleza y pensar lo que nos deja o quiere exponer. Esto también marida el deber cívico con el artístico y respalda la idea de no abandonar al artista si sabemos que tiene un buen corazón más allá de sus excelencias técnicas, tal como ese artista no nos abandona a nosotros al venir a bailar, exponerse y pedir sumariamente la posibilidad de la expresión pública y su juicio. La compañía Batsheva, que tiene muy bien ganado su prestigio, es un prodigio de energía, entrega y el mejor arte coréutico; la veintena de bailarines son no sólo virtuosos sino excelentes plásticamente, dominan el estilo Naharin y a través de él, hacen flotar sus razones. Y pasó algo desconcertante comentado por parte del público que reconoció, entre los asistentes a la función, un numeroso grupo de bailarines y maestros del centro de danza privado de Nacho Duato, encabezados por su director adjunto, Luís Martín Olla. Mientras la prominente y notoria figura que es Duato estaba fuera, sus trabajadores y otros jóvenes bailarines disfrutaban del refinado y potente baile de los israelitas. Aparte de las decisiones individuales, esto quizás tenía un contenido simbólico que valdría la pena analizar y estudiar con la cabeza fría, sin otra pasión que la eternidad siempre válida de la danza y su mensaje.

Roger Salas

Originally reported by Scherzo.