Timothy Garton Ash, Princesa de Asturias de Ciencias Sociales: "En Silicon Valley nadie menciona a Europa, no tenemos ni idea de la gravedad de la situación"
Timothy Garton Ash (Londres, 1955) apenas era un quinceañero cuando pisó la Europa continental por primera vez. Aquella Francia atestada de cafés con aroma a humo de gauloises, donde las ideas filosóficas se debatían con el ardor que hoy se reserva a un derby futbolístico, cautivó para siempre al joven aspirante a historiador. Luego descubriría el resto de países del continente, especialmente los de su flanco oriental, cuya llegada a la democracia cubrió mejor que nadie.
Ahora, tras una veintena de libros, cientos de ensayos y miles de artículos periodísticos, el gran «historiador del presente» se dispone a recoger el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en Oviedo. El galardón coincide con el lanzamiento de su nueva obra, Europa en siete capítulos y medio. Una brevísima introducción al continente más antiguo y más joven del mundo(Ed. Taurus). «Es como un ristretto, el café más corto e intenso que existe», bromea el autor londinense al otro lado de la pantalla del ordenador.
- En la contraportada de su libro aparece esta cita del ensayista estadounidense Mark Lilla: "Sabemos que hay alemanes, italianos, españoles y polacos. Pero, ¿existen los europeos? Pues sí, al menos uno: Timothy Garton Ash".
- Es muy amable por parte de Lilla, pero creo que, como poco, hay otros 800 millones de europeos…
- Imagino que él se refiere a que usted se define como "europeo" antes de sus otras identidades: británico, inglés, londinense, incluso occidental…
- En realidad, yo me suelo definir como un europeo inglés. Yo amo a mi país y no siento que tenga que elegir entre mis diversas identidades. Esa es una de las cosas más bellas de provenir de este continente: que puedo ser a la vez londinense, inglés, europeo y hasta ciudadano del mundo.
- ¿Qué define a un europeo, más allá de cuestiones puramente geográficas?
- El rasgo definitivo es la capacidad de sentirse en casa cuando estás en el extranjero. Este mes, por ejemplo, yo estaré en Oviedo, Budapest, Múnich, París, Berlín… Todas son ciudades extranjeras, muy distintas entre sí y en las que se hablan idiomas que no conozco, pero me sentiré en casa por una única razón: que soy europeo. Eso no ocurre en ningún lugar del mundo.
- ¿Cree que ocurre incluso en su país? Por primera vez en dos décadas, ustedes tienen un primer ministro europeísta, Andy Burnham. En las últimas semanas, incluso ha expresado sus ganas de volver a Europa...
- El Reino Unido es, ha sido y siempre será parte de Europa. La historia europea sería impensable sin William Shakespeare o Winston Churchill...
- Me refería a la Unión Europea, claro.
- Sí, te había entendido, pero es una distinción importante. Uno de los múltiples efectos perversos del Brexit es que cada vez más personas, tanto británicos como europeos, hablan de mi país como si ya no formara parte de Europa, algo que es un sinsentido. Hay que combatir esa idea con todas nuestras fuerzas.
- En todo caso, ¿qué opina de las palabras de Burnham?
- Es la primera vez en 10 años en que he visto posible que volvamos a formar parte de la UE. Cada vez más sondeos recogen que los británicos admiten que el Brexit fue un error y que la solución es volver a la Unión, así que su apuesta fue acertada. Eso no significa que vaya a ocurrir a corto plazo pero, aunque el camino sea difícil, hacía falta que alguien pusiera esa opción encima de la mesa.
- ¿Le sorprendió su valentía?
- Bueno, en una mítica comedia de la BBC, Yes, Minister, cuando el jefe de los funcionarios de Downing Street quiere evitar que su jefe haga algo, le dice: «Eso que propone es muy valiente, primer ministro»... Bromas aparte, sí, en este caso me pareció me pareció una idea valiente y, además, oportuna. Sólo alguien con la habilidad comunicativa de Burnham podría haberlo hecho.
"Si todos los partidos iliberales ganan las elecciones, la UE de 2029 sería muy diferente a la actual, en el peor de los sentidos. Hay mucho en juego"
- Usted suele definirse como "intelectualmente pesimista, vitalmente optimista". ¿Cómo se aplica esta dualidad a la Europa de hoy?
- Creo que todos podemos estar de acuerdo en que a principios de siglo, hacia 2005, Europa vivió su punto álgido. Desde entonces, hemos vivido toda una serie de crisis en cascada: la crisis del euro, el Brexit, Trump, el coronavirus, la guerra de Ucrania… Ahora estamos en una situación sin precedentes: la Europa que hemos construido está bajo ataque políticamente por parte de Estados Unidos, militarmente por Rusia y económicamente por China. Estos acontecimientos han propiciado que los partidos nacionalpopulistas prosperen en todo el continente. Además, sufrimos desafíos exteriores muy graves, desde Putin hasta Trump. Así que, intelectualmente, diría que la Unión Europea sufre la mayor amenaza de su historia, pero vitalmente recordaría que es posible regresar a nuestros mejores momentos.
- Dígame una razón para creer en su optimismo...
- Sé que va a sonar extraño, pero mi pesimismo intelectual me lleva a subrayar que, por primera vez en mucho tiempo, existe un amplio reconocimiento de la enorme gravedad de nuestros problemas. Y ese es exactamente el mejor punto de partida para resolverlos. Siempre recuerdo mi juventud, en los años 70: Estados Unidos era un caos después de Vietnam y el Watergate; la mitad de Europa, incluida España, estaba bajo el yugo de dictadores; Reino Unido se encontraba al borde de la quiebra; países como Italia o Alemania sufrían una oleada terrorista… En definitiva, Occidente era un desastre, pero todo el mundo era consciente de la gravedad de la situación. Gracias a eso, logramos llegar a esos años gloriosos de los 80 y los 90.
- Pero en su libro, usted mismo admite que, en el actual choque entre la Europa liberal y la Europa nacional-populista, la segunda tiene todas las posibilidades de ganar…
- Sí, ahora mismo el viento empuja las velas de todos los partidos antieuropeos, nacionalistas y populistas. Pero, precisamente, he escrito el libro con la esperanza de contribuir a que la gente joven se dé cuenta de lo mucho que está en juego. Si todos los partidos iliberales ganan las elecciones, la UE de 2029 sería muy diferente a la actual, en el peor de los sentidos.
- ¿Cree que el nacional-populismo es una especie de sarampión que todos los países deben pasar antes de volver a la normalidad, como ha ocurrido en Hungría?
- En cierto sentido, claro que pasar la enfermedad puede ser la cura más efectiva. Pero no le desearía a nadie que pasara por 16 años de iliberalismo, como le ocurrió a Hungría. Además, creo que esa analogía con un virus no es del todo acertada.
- ¿Por qué?
- Si miramos el patrón que ha seguido Europa en los últimos siglos, vemos algo mucho más preocupante: normalmente surgen órdenes de forma gradual, luego se acumulan tensiones internas y externas hasta que, finalmente, estallan de una forma cruenta. Ahora mismo, el orden europeo, heredado de la posguerra, ya acumula más de 75 años. Es un periodo muy largo y se han acumulado muchas tensiones, así que no creo que nos estemos enfrentando a un sarampión, sino a algo más grave. Por eso, debemos actuar ya. Dentro de cinco años veremos si Europa se ha reforzado en los ámbitos en los que tiene que fortalecerse, o si, por el contrario, repite el viejo patrón patrón de cierto orden seguido de una desintegración. Si ocurre esto último, el historiador que ocupe mi cátedra aquí, en Oxford, en 2050 dirá: «Esos malditos europeos cometieron el mismo error de nuevo».
- ¿Qué hacemos?
- Suelo repetir un eslogan inspirado por Tony Blair: debemos ser "duros con el populismo, pero también duros con las causas del populismo". Hay muchísimas razones para que millones de personas voten a partidos anti-establishment, ya sean de izquierdas o derechas. El drama de la vivienda es sólo uno de ellos: ya has visto las elecciones en Berlín o las manifestaciones en España. Así que quienes creemos en Europa tenemos que plantear soluciones reales a esos problemas que están empujando a los votantes hacia el populismo. No vale con hacer muchos aspavientos mientras repetimos que el demonio del fascismo está a la vuelta de la esquina…
"Las imágenes de Ceuta circulan por las redes sociales y alimentan la tentación de tomar medidas cortoplacistas y populistas"
- El núcleo del discurso de estos partidos es combatir la inmigración. ¿Qué deben hacer los partidos europeístas ante este debate?
- La respuesta no puede ser la remigración, un término que me repugna, porque supondría expulsar a millones de ciudadanos que llevan mucho tiempo viviendo y trabajando en nuestros países. Además, tenemos que asumir que nuestra población está envejeciendo y que tenemos Estados de bienestar muy caros de sostener. Dada la minúscula tasa de fertilidad de los países europeos, necesitamos la migración. A la vez, sé que mucha gente corriente se siente angustiada y preocupada por este fenómeno, así que debemos hacer un esfuerzo para integrar mejor a las personas que ya están aquí y que son compatriotas europeos.
- ¿Y controlar las fronteras? Resulta imposible no pensar en la crisis de Ceuta...
- Sí, tenemos que hacer todo lo posible para regular la inmigración ilegal. Las imágenes de Ceuta circulan por las redes sociales y alimentan la tentación de tomar medidas cortoplacistas y populistas. Para combatirlas, la gente tiene que sentir seguridad por parte de sus gobernantes. Eso sólo se consigue si transmitimos la seguridad de que controlamos nuestras fronteras.
- No sé si leyó un reciente artículo de ‘The Wall Street Journal’ titulado: ‘Qué ocurrirá cuando los europeos descubran lo pobres que son’...
- Sí, lo leí, es alucinante lo que se puede conseguir masajeando las estadísticas. Parafraseando a Mark Twain, diría lo siguiente: «Los rumores de la muerte económica de Europa han sido muy exagerados». Sí, es cierto que tenemos problemas de crecimiento económico desde 2008, pero también es cierto que el PIB no mide adecuadamente la calidad de vida. Los europeos no debemos sentirnos inferiores a los estadounidenses. Tenemos muchas cosas de las que sentirnos orgullosos, como nuestro Estado del bienestar o que, dentro de lo que cabe, la polarización no es tan descabellada como allí.
- Dígame tres razones por las que prefiere ser europeo a estadounidense.
- La primera es esa experiencia única de «sentirse en casa en el extranjero» que te decía antes. La segunda es que si tengo la desgracia de enfermar o de quedarme sin trabajo, prefiero que ocurra en Europa. Y la tercera se resume en dos palabras: Donald Trump.
- Es curioso que el mayor chute de autoestima de los europeos haya venido, precisamente, del discurso de un presidente extranjero, como el que dio el canadiense Mark Carney en el parlamento europeo el mes pasado.
- Hace ya décadas que escribí un artículo humorístico en el que señalé a Canadá como el mejor estado miembro de la UE: liberal, democrático, bilingüe, ilustrado... Estoy muy de acuerdo con su propuesta de que las potencias medias como Canadá, Australia, Japón o Reino Unido se unan con la UE para ejercer de contrapeso del poder duro de China y Estados Unidos. Porque debemos acostumbrarnos a la idea de que, después de Trump, no vamos a recuperar a los Estados Unidos de toda la vida.
- ¿Gane quien gane en 2028?
- Eso es. Debemos ser capaces de defendernos en todas las dimensiones: la digital, la democrática, la tecnológica y también la nuclear. Si, encima, tenemos la suerte de que el 20 de enero de 2029 jura el cargo un simpático presidente demócrata, fenomenal. Pero no contaría con ello. Nuestra actitud debe ser la siguiente: «Deseemos lo mejor, pero preparémonos para lo peor».
- Otro gran problema para el que debemos prepararnos es la amenaza de Rusia. Usted sostiene que 2027 es el año más peligroso para Europa, por la acumulación de elecciones en grandes países, la hostilidad de Donald Trump, las maniobras de Putin…
- En realidad, 2027 ya ha empezado con las elecciones regionales en Alemania. Los resultados son especialmente graves, porque los demócratas cristianos han sido tradicionalmente los cimientos de la construcción europea. Y los sondeos en Francia, por ejemplo, no pintan nada bien: ha llegado el momento de activar la alarma.
- ¿Ve factible, como publicó este diario, un ataque ruso en Francia, Alemania o España en los próximos meses?
- Absolutamente. Esas alertas vienen de numerosas fuentes y tienen su explicación: para Putin, la guerra de Ucrania es existencial, el foco de su atención. De ahí que recurra a ataques híbridos para destruir la unidad del apoyo europeo a su enemigo. Imagina que Putin manda un dron al aeropuerto de Madrid: ¿cómo debería responder España?
- Dígamelo usted.
- La respuesta adecuada no es mandar un dron al aeropuerto de Moscú. Tampoco es declarar una guerra total. Lo que debemos hacer es redoblar nuestro apoyo a Ucrania, porque ahí, en ese campo de batalla, es donde realmente podemos derrotar a Putin.
"Es grave, no puedes sobrevivir en la era de la innovación diciendo que eres el que mejor regula la tecnología"
- Y en la guerra tecnológica, ¿qué tal nos ve?
- He pasado el verano en Silicon Valley y allí nadie menciona a Europa. Sólo se habla de China y EEUU. Pero los europeos no tenemos ni idea aún de la gravedad de la situación. No puedes sobrevivir en la era de la innovación diciendo que eres el que mejor regula la tecnología.
- ¿Qué hacemos?
- En Silicon Valley me he encontrado con docenas de europeos que triunfan allí, así que no nos faltan ideas ni talento. Y aquí se han fundado maravillosas start-ups como DeepMind, que enseguida acaban en manos de los estadounidenses. Lo que no tenemos aquí es la infraestructura económica y los mercados de capitales para respaldar la tecnología. Lo más irritante de todo es que Mario Draghi nos ha dicho exactamente lo que tenemos que hacer en su famoso informe sobre competitividad, que tenemos guardado en un cajón.
- ¿Por qué somos incapaces de afrontar esas reformas en profundidad?
- Porque la política europea se juega en terrenos nacionales cuando las soluciones son supranacionales. Ya lo dijo Jean-Claude Juncker cuando era presidente de la Comisión Europea: «Los políticos europeos sabemos perfectamente lo que hay que hacer. Lo que no sabemos es cómo hacerlo y que, luego, los votantes nos reelijan».
- Como "historiador del presente" que es, ¿sabría bautizar el momento que vivimos?
- De 1945 a 1989, vivliliimos la «post-guerra». De 1989 a 2022, con la guerra de Ucrania, vivimos el «post-muro»... Y, ahora, yo diría que vivimos el «post-Occidente»: por primera vez, los países ajenos al eje transatlántico tienen la capacidad de competir con Estados Unidos y Europa juntos. Ese es el factor que define nuestro tiempo... Pero dame otros 20 años y te lo diré con absoluta seguridad.