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Saturday, 17 October 2026
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Los motivos por los que siempre piensas que a tu hijo le ocurrirá lo peor | El Correo

Tu hijo se va de excursión con el colegio y, antes de que el autobús arranque, ya has imaginado que sufre un accidente. Tarda unos ... minutos más de lo previsto en salir de una actividad y la cabeza se dispara: ¿por qué no llama?, ¿le habrá pasado algo? Si es un bebé, puedes encontrarte comprobando una y otra vez que sigue respirando. ¿Qué lleva a la mente de los padres a anticipar desgracias incluso cuando no hay señales de peligro? Dos expertos analizan las causas de estos pensamientos intrusivos, cómo abordarlos y cuándo dejan de ser una preocupación pasajera para convertirse en un problema que conviene atender.

El origen de todo esto

Estos pensamientos, imágenes o impulsos «aparecen de manera involuntaria y forman parte de la experiencia mental normal». Así lo asegura Xabier Soto Goñi, doctor en Psicología especialista en Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) y ansiedad. Por eso, «que aparezca un '¿y si le pasa algo a mi hijo?' no significa que exista un problema psicológico», insiste. De hecho, ve «comprensible» que nuestro cerebro genere este tipo de escenarios «cuando tenemos algo que queremos proteger».

Nerea Etxaburu, doctora en Psicología, docente e investigadora en la Universidad de Deusto, recuerda que la mente tiende a sentir temor por aquello a lo que damos más valor. «Hay personas cuyos pensamientos negativos se relacionan con la salud, otras con el trabajo o los estudios», detalla. Con los hijos, se añade la «responsabilidad de cuidar a una persona vulnerable». «Queremos protegerla y hacerlo desde el amor».

¿Preocupación o patología?

No existe una «frontera clara» entre una preocupación normal y una obsesión de TOC, remarca Soto Goñi. «Lo más importante va a ser la interferencia que genere en nuestra vida», precisa. Detrás de una patología suele haber «un elevado nivel de malestar» y la «urgencia» por obtener información que aporte control. Cuando esa inquietud ante lo desconocido se vuelve «algo muy difícil de manejar», podríamos estar ante un problema obsesivo.

No afecta a todos por igual

Etxaburu explica que «quienes han vivido experiencias traumáticas o situaciones difíciles», por ejemplo durante la infancia, pueden ver «el mundo como un lugar peligroso u hostil». El cansancio, el estrés y la ansiedad tampoco ayudan. «Cuando estamos agotados, nos cuesta más valorar si una preocupación es racional o irracional», añade.

La necesidad de control

Pensar en cad a peligro da la falsa sensación de estar preparados para afrontarlos. «Pero los padres no controlan todo lo que sucede. Los hijos van al colegio, acuden a actividades extraescolares y pasan tiempo fuera de nuestra vigilancia», sostiene Etxaburu, al recordar que preocuparse más no garantiza prevenir un problema. «La vida incluye incertidumbre y tenemos que asumir que no sabemos qué va a ocurrir», destaca.

El alivio breve de comprobar

Mirar la ubicación del móvil, llamar otra vez o pedir a alguien que confirme que todo está bien tranquiliza, pero el alivio dura poco. Soto Goñi sostiene que, si cada vez que aparece el miedo verificamos dónde está nuestro hijo y entonces nos calmamos, el cerebro puede aprender: «Cuando aparece esta duda, necesito comprobar». La próxima vez que surja la inquietud, será todavía «más tentador» hacerlo. Según el experto, la tecnología agrava este bucle porque reduce nuestra tolerancia al no saber.

El mito de proteger

El malestar de preocuparnos puede parecer «un precio pequeño si con ello creemos que protegemos» a nuestros hijos, observa Etxaburu. Hay además una trampa: si imaginamos muchas situaciones negativas, «alguna llegará a coincidir con la realidad». Entonces aparece el «ya lo sabía» y resulta «más difícil dejar pasar esos pensamientos».

«La vida incluye incertidumbre y tenemos que asumir que no sabemos qué va a ocurrir»

Anticipar constantemente cualquier contratiempo «genera una falsa sensación de control», avisa Etxaburu. Actuar tiene sentido ante un riesgo real, pero el problema surge cuando se da vueltas a sucesos improbables. Además, esta hipervigilancia acaba calando en los hijos al transmitirles que «el mundo es peligroso» y que carecen de recursos para valerse por sí mismos. «El equilibrio está en criar hijos prudentes y realistas, sin transmitirles un miedo constante ni una sensación de incapacidad ante los problemas cotidianos», resume.

Aprender a tomar distancia

Intentar que los pensamientos intrusivos desaparezcan «sería una batalla imposible y contraproducente», advierte Soto Goñi. Como no es posible controlar lo que surge en la mente, «el objetivo debe ser cambiar nuestra respuesta». Tomar distancia, asumir que lo imaginado no es un hecho, tolerar cierto grado de incertidumbre y reducir las verificaciones son algunas de las pautas clave. Para ganar perspectiva, Etxaburu propone un recurso cotidiano: preguntarnos qué le diríamos a una amiga en nuestra misma situación. «¿Le responderíamos que tiene motivos para preocuparse o que está anticipando algo poco probable?», plantea.

Cuándo buscar ayuda

No hace falta llegar a un diagnóstico de TOC para consultar. «Una ansiedad que interfiere de forma significativa en la vida cotidiana ya es motivo suficiente para pedir ayuda», señala Soto Goñi. Entre las señales claras destacan la alta frecuencia de los pensamientos, la necesidad compulsiva de verificar o buscar tranquilidad en terceros (o en internet e IA), limitar la autonomía de los hijos o constatar que la angustia afecta al trabajo y la convivencia. Existe un criterio claro para dar el paso: cuando «la vida familiar empieza a organizarse alrededor del miedo».

Originally reported by El Correo.