Los jóvenes matemáticos desafían a IA: «Nos quita la posibilidad de descubrir nuevas ideas»
Los jóvenes matemáticos desafían a IA: «Nos quita la posibilidad de descubrir nuevas ideas»
Antonio Casares, Gonzalo Cao, Miren Jasone Ramírez-Ayerbe y Alberto González, jóvenes matemáticos premiados por la RSME y la Fundación BBVA, alertan del riesgo de una tecnología capaz de hacer en horas problemas que llevaban siglos resistiéndose al ser humano: «Acostumbrarte a pensar menos es muy fácil»
Antonio Casares Santos, profesor asociado de Informática Teórica en la Universidad de Aix-Marsella (Francia), recuerda perfectamente qué pasó el pasado 6 de octubre. Ese día OpenAI publicó de golpe 722 estudios científicos elaborados por su Inteligencia Artificial que decían haber encontrado la solución a cientos de problemas matemáticos ... que llevaban años, décadas e incluso siglos sin poder ser resueltos por las mentes humanas más brillantes. «En mi departamento cayó como una bomba», cuenta. «Empezaron los correos, los mensajes… Solo se hablaba de eso».
Su colega Gonzalo Cao Labora, investigador posdoctoral en la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza), ya se había percatado antes del poder de la IA aplicada a las matemáticas: el 21 de septiembre la misma compañía afirmó haber resuelto las ecuaciones de Navier-Stokes, considerado como uno de los siete Problemas del Milenio y una cuestión en la que cientos de matemáticos (incluido él mismo) llevan trabajando desde hace más de dos siglos. «Lo mío, por suerte, fue un poco más gradual que lo de Antonio –dice–. Ya había rumores por ahí y algunos problemas serios ya se habían resuelto antes. Yo, por ejemplo, trabajaba mucho programando y hace un año o así me di cuenta de que con la IA era un esfuerzo inútil».
Para Miren Jasone Ramírez-Ayerbe, profesora asistente de Investigación Operativa e Inteligencia Artificial en la Technical University of Munich (Alemania) también fue algo 'in crescendo'. «Al principio pensaba que la IA no sería capaz de resolver este tipo de cuestiones», cuenta. «Pero empiezas a utilizar la herramienta y ves que resuelve cosas en unas horas que a mí me hubieran llevado meses. Me ha sorprendido sobre todo la velocidad con la que ha mejorado». En el caso de Alberto González Sanz, profesor asistente del Departamento de Estadística de la Universidad de Columbia (Estados Unidos), el choque fue más tardío: «No le di mucha importancia al principio, porque estaba alejado de mi campo directo de investigación. Pero por curiosidad probé a insertar unas cuantas conjeturas; una tras otra obtenía respuestas bastante satisfactorias», relata frente al resto. «Ahí fue cuando me asusté».
Ninguno de ellos tiene más de 30 años y, aún así, sus trayectorias en el mundo de las matemáticas despuntan igual que las curvas logarítmicas con las que trabajan todos los días. De hecho, ahora mismo están todos reunidos en la sede de la Fundación BBVA en Madrid, porque en un par de horas reciben uno de los Premios de Matemáticas otorgados por la Real Sociedad Matemática Española (RSME) y la fundación, que reconocen las carreras más sobresalientes de jóvenes investigadores españoles.
Los mismos que estudiaron una carrera que prometía ingentes salidas laborales se enfrentan ahora a un problema que no aparece en ningún libro de texto: dos trenes avanzan a toda velocidad por la misma vía, uno impulsado por la inteligencia artificial y otro por las matemáticas tradicionales. La incógnita es dónde y cuándo se producirá el inexorable choque y, sobre todo, qué consecuencias tendrá.
«El que prometa que dentro de tres años las matemáticas no van a ser útiles, está mintiendo. Nadie sabe qué va a pasar»
Gonzalo Cao Labora
Investigador posdoctoral en la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza)
«El que prometa que dentro de tres años las matemáticas no van a ser útiles, está mintiendo. Nadie sabe qué va a pasar o qué economía vamos a tener por esta nueva tecnología», argumenta Cao Labora. Aconseja a aquellos que ahora tienen que escoger su futuro que lo hagan en base a lo que aman: «Si no sabes lo que va a ocurrir, al menos haz lo que te gusta». Los demás están de acuerdo: «Nuestro trabajo no es solo resolver fórmulas, sino entender y generar nuevas ideas, transmitiendo a la sociedad una manera de pensar y razonar. La IA ha solucionado setecientos problemas de golpe, pero con ello nos ha quitado la posibilidad de encontrar otros resultados y otras ideas en el camino de descifrarlos», lamenta Casares Santos.
Resultados «muy oscuros»
«Nadie está en esto por dinero», dice González Sanz y el resto no le rebate. Y eso que, por ejemplo, la persona que resuelva uno de los Problemas del Milenio tiene como premio un millón de dólares que entrega el Instituto Clay de Matemáticas (CMI). Pero, ¿y si no es una persona quien lo soluciona? «Hay debate y se está barajando que parte del dinero se destine a organizar eventos para explicar las soluciones que da la IA», explica Cao Labora. Porque, como cuentan, los resultados de los estudios son correctos, pero «muy oscuros»: no se entiende muy bien cómo la IA, alimentada con miles de estudios científicos publicados en internet en páginas de artículos en preimpresión (sin estar revisados por otros investigadores), ha llegado a soluciones nunca pensadas por los cerebros humanos más eruditos. «¿Pero de qué sirve tener 700 resultados nuevos si nadie los entiende?», se pregunta Ramírez-Ayerbe.
También están de acuerdo en que la IA no acabará con los matemáticos, pero que supondrá un cambio de paradigma en su sector (y en muchos otros), que se encuentra «en shock» después de comprobar hasta dónde es capaz de llegar la IA, lo que les deja en una posición delicada. Algunos abogan porque se dé más peso a desentrañar lo que hay detrás de las soluciones, a comprender cómo ha pensado la máquina para llegar a esos resultados; otros a pensar nuevas ideas (aunque la IA empieza a dar señales de que también es capaz de hacerlo).
«Prácticamente todos los trabajos que impliquen estar sentado delante de un ordenador se verán afectados por la IA»
Alberto González Sanz
Profesor asistente del Departamento de Estadística de la Universidad de Columbia (Estados Unidos)
«Prácticamente todos los trabajos que impliquen estar sentado delante de un ordenador se verán afectados; incluso los físicos, porque también habrá robots que puedan encargarse», dice González Sanz. «La suerte de los matemáticos es que tenemos una capacidad crítica bastante alta, lo que puede ser útil para muchas cosas. Pero nadie sabe a ciencia cierta qué va a ocurrir ni cómo va a cambiar nuestro trabajo».
Miedo y frustración para el futuro general
Y aunque estén seguros de que aunque se tengan que adaptar, no tendrán que abandonar su carrera, sí que temen lo que esta inteligencia 'enlatada' pueda suponer para toda la humanidad en su conjunto, no solo para la parte que resuelve conjeturas. «Todo está pasando muy rápido y ahora mismo soy más de la opinión de que la IA traerá más cosas negativas que positivas», dice Casares Santos, quien admite que le genera «frustración» y «miedo» la opacidad con la que actúan las empresas que poseen esta tecnología. «No sabes hasta qué punto es verdad que pueden hacer todo lo que dicen o si detrás hay una enorme campaña de publicidad. Y, además, que todo este poder esté concentrado en unas pocas compañías genera un montón de cosas negativas en muchos aspectos».
«A mí esta situación me recuerda un poco a lo que pasó con el covid. Hay gente alertando de las consecuencias, gente que ha trabajado para estas grandes empresas y que señala que esto es un peligro. Pero, de momento, se hace como si no pasara nada», señala por su parte Cao Labora. A Ramírez-Ayerbe le asusta que estas tecnologías favorecen «que pensemos menos». «Y acostumbrarte a pensar menos es muy fácil». Le preocupa, además, esa generación que se va a criar con estas nuevas tecnologías. «Pienso en las adolescentes, los niños, que conviven con todo esto. ¿Qué sociedad nos va a quedar? Sinceramente, no lo sé». González Sanz resume el sentir de los cuatro en una frase: «Tener algo más inteligente que tú ya es peligroso de por sí».